Es domingo por la noche. En el teléfono, una ironía visual: las palomitas del "visto" brillan con el mismo azul que distingue al autor de este desierto digital.
Hace apenas unas semanas, la escena era otra. Acordes, miradas, baile. Aquel beso bajo el resplandor ámbar del farol, justo afuera de mi casa. Lo que vino después no fue un accidente; fue una decisión estética, una obra maestra de la evasión. El silencio se convirtió en el acto final de un encuentro que prefirió la fantasía antes que el riesgo de la verdad.
Pero bueno, aquí estamos hoy. Poniéndome los audífonos con un hambre masoquista. Mi solución: echarle sal a la herida. Sin demorarlo más, le pucho al play buscando el castigo.
El bajo de In a Manner of Speaking entra lento, marcando un paso fúnebre. Winston Tong empieza a susurrar "Give me the words that tell me nothing / Give me the words that tell me everything". Me está hablando a mí, a este nudo en mi garganta. Esto no es solo postpunk, sino la radiografía del vacío. Es una paradoja asfixiante; nunca hemos hablado tanto para decir tan poco. Las palabras están ahí, sí, pero la conexión falta.
I. "You told me everything by saying nothing": El santuario profanado
Hubo un tiempo en que el silencio era un santuario universal, un instinto compartido que nos permitía, simplemente, estar. Era una presencia analógica, sin interferencias, donde callar era la forma más alta de confianza. Existió esa noche, bajo la luz ámbar; nos acercamos en silencio y no nos faltó nada.
Hoy, ese acuerdo ha expirado y el silencio ha mutado en algo cínico. La pantalla se ha tragado la complicidad, dejando en su lugar esta forma moderna de estar cerca sin vincularnos. Como advierte Byung-Chul Han, ahora nos conectamos para llenar un vacío, no para crear comunidad. Nos enlazamos, pero no nos encontramos.
Hemos perfeccionado el arte de hablar sin decir. Mandamos un emoji de corazón mientras pensamos en la lista del súper, reduciendo el afecto a un clic rápido que no nos cuesta nada. Las palabras ya no son puentes, sino pantallas que solo nos devuelven nuestro propio reflejo. Al final, "Semantics won't do (la semántica no basta)" cuando el lenguaje se ha vaciado de sentido.
II. "How love in silence becomes reprimand": Volvamos al azul
Amar en tiempos de algoritmos se siente, a menudo, como un acto de fe suicida. Aquí es donde la crónica se vuelve personal, porque todos hemos estado en ese lado del cristal.
Volvamos al azul del chat. Hubo atracción, una promesa flotando en el aire, un blues en la armónica. Y justo después, el vacío. Un cambio de ritmo donde mi vulnerabilidad se estrelló contra una pared con aislamiento acústico. No se equivoquen, este silencio no es neutral; es una respuesta cargada de significado.
Bajo la ética de Levinas, el encuentro con "el otro" implica una responsabilidad, e ignorar a quien tenemos enfrente es una forma de violencia pasiva. Como cuando el "amar" desde el silencio se convierte en reprimenda —"love in silence becomes reprimand"—. Lo vemos a diario en el abismo del ghosting, en las migajas del breadcrumbing o en esa ambigüedad sostenida de los vínculos que nunca terminan por definirse. No, no es falta de tiempo para explicar; es la huida que te niega como persona. Es decirte, sin palabras, que no mereces el esfuerzo de una explicación clara.
¡Mensaje recibido! Cambio y fuera.
Desde mis anteojos feministas, entiendo que este silencio es también el síntoma de una masculinidad que se atrinchera en la ambigüedad para no mostrar sus emociones ni hacerse cargo de su impacto. Prefieren "sacrificar los sentimientos" —"feelings might have to be sacrificed"— antes que mostrarse vulnerables.
III. "Semantics won't do": El arte de retirarse
La semántica ha muerto porque sabemos qué significan las palabras en el diccionario, pero hemos olvidado qué significan en el corazón. Soltamos un "te amo" como si fuera nada, no es más que una frase sin raíz ni compromiso.
He aprendido ya que insistir en estas ausencias es una batalla perdida; no se puede obligar a nadie a vivir con la misma honestidad que uno. Cuando te descubres traduciendo jeroglíficos digitales o estirando una conversación que la otra parte ya soltó, lo más lúcido es emprender la retirada. No tiene que ser dramática, a veces basta con dar tres pasos atrás. No por orgullo, sino por pura preservación. Lo único que evitará que también desaparezcas es aceptar que ya no hay nadie al otro lado.
Igual, duele. Y hay que tener los ovarios para quedarse ahí, quieta, sintiendo cómo te desangras por la herida que deja la cobardía ajena. Yo permito que el dolor haga su trabajo sucio; le subo el volumen a mi bocina hasta que el bajo de Tuxedomoon les retumbe a mis ancestras, quienes, afortunadamente, me enseñaron que hasta la herida más profunda cicatriza. Vale más el riesgo de romperse el alma por haber encarnado las palabras que la invisibilidad de quien se queda mudo por miedo a vivir algo real.
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Caronte: Hay realidades que solo se ven desde los márgenes. Caronte las recoge y las transforma en crónicas de papel y tinta. Su brújula no busca el norte, sino lo común; su balsa no busca el puerto, sino el cuestionamiento. La única moneda válida de peaje es la curiosidad. Aquí se navega con la intención de llegar, juntos, al otro lado.
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