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El héroe de Yajalón: Allen Ginsberg en México (parte 2)

Ginsberg cerca de Palenque, Chiapas, febrero de 1954

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9 de agosto 2026

por Philip Gambone

Hacia finales de enero de 1954, durante su segunda visita a México, Allen Ginsberg conoció a una mujer estadounidense llamada Karena Shields, quien invitó al joven poeta a quedarse en su finca en lo profundo de la selva cerca de Palenque. La machetera Shields era "un caso extraño, algo de buena y algo de loca y algo de tediosa", como anotó Ginsberg. Sin embargo, a él le agradaba su espíritu pionero y su sincero aunque "quizás indefinido enredo místico".

Durante el tiempo que se quedó con ella, Ginsberg ayudó a Shields, a quien llamaba "la diosa blanca", en sus huertos de cacao y plátano, "cortando, podando, recogiendo los racimos". Por un tiempo, incluso consideró comprar su propia finca y dedicarse al negocio del cacao. La mayor parte de su tiempo lo pasaba despreocupadamente, montando a caballo y descansando en una hamaca, a la que llamaba "un vientre amigable para el reposo". Sus comidas consistían en tortillas y frijoles. En sus caminatas, andaba desnudo "por una milla de arroyo claro y pedregoso, cielo azulado, con lianas y árboles oreja de elefante y árboles de cabello de ángel de hojas de plátano y gigantes árboles de saibol (caoba) llenos de monos". Por las noches, salía con los nativos a atrapar acamayas.

En una carta a sus amigos Jack Kerouac y Neal y Carolyn Cassady, Ginsberg describió cómo se entretenía con sus tambores de tronco. "Toco varias horas al día... y cuando llega una fila de indígenas por los senderos desde Agua Azul, un pueblito edénico en las colinas a una hora de camino, yo estallo en reverberaciones africanas que se pueden escuchar por millas a la redonda. Me conocen como Señor Jalisco". En su diario, escribió: "Dejar que la mente vague hacia su soledad y vacío con la simple idea de encontrar un espíritu inasible".

Una noche, un meteoro—"grande como la estrella de Belén"—cruzó el cielo iluminando la mitad del horizonte. Otra vez, un terremoto, uno de tantos en la región ese invierno de 1954, sacudió el pueblo cercano de Yajalón. Hubo reportes de daños severos, flujos de lava, y muertes. Siguieron más aventuras. Un muchacho llegó a la plantación de Shields con heridas de bala en la mano y el brazo (había vengado la muerte de su padre). Shields lo operó con una navaja de doble filo marca Gillette, lo cual dejó a Ginsberg, quien la asistía, al borde del desmayo.


Salto de Agua
*

Ginsberg dejó el lugar de Shields a finales de marzo y siguió hacia Salto de Agua y luego, con "100 pesos y sin cepillo de dientes y con la ropa sucia puesta", viajó en aventón en un biplano hasta Yajalón. Tenía la intención de ver de primera mano lo que había hecho el terremoto. Una vez ahí, le dijo al alcalde que era periodista y que quería visitar una cadena montañosa sagrada para el pueblo maya, donde supuestamente un volcán había despertado a causa del terremoto. El alcalde le proporcionó un guía y Ginsberg se puso en marcha. A medio camino, un mexicano que pasaba le ofreció su mula ("verdadera cortesía del camino local") y siguió a pie detrás del aspirante a reportero.

El ascenso incluyó "indígenas todos hermosos y niños y perros innumerables... todos asustados", escribió a sus amigos. Los hombres hicieron de Ginsberg su líder. A pesar de su falta de experiencia con caballos y montañismo, ellos se deferían a él, el "misterioso hombre blanco con barba".


Yajalón
*

El propósito de la subida era determinar si los terremotos habían reavivado un volcán en la cima de la montaña, una sospecha que aterrorizaba a los nativos de la región. Cuando el grupo de Ginsberg no encontró nada, con picardía le prendieron fuego a un gran árbol de cedro, una broma para asustar a la gente de abajo. Después, redactaron una declaración oficial que reportaba la situación real. La subida resultó ser "un gran viaje a partes rara vez vistas, más oscuras que cualquier otro lugar donde había estado", anotó Ginsberg.

Al día siguiente, Ginsberg y otro grupo de hombres fueron a explorar una cueva legendaria al otro lado de la montaña: "Una caverna inmensa", le escribió a su amigo Lucien Carr, "grande como una catedral". Creía ser el primer hombre blanco en verla jamás. Al regresar a Yajalón, el joven aspirante a poeta, ahora con reputación de explorador intrépido, recibió una bienvenida de héroe y le dieron una habitación en la casa del alcalde. "Todo el pueblo quiere hablar conmigo y me invita a tomar café".

Con diez pesos restantes y sospechando que su bienvenida en Yajalón se estaba desgastando, Ginsberg regresó a la finca de Karena Shields, donde esperó la llegada de algo de dinero desde Estados Unidos. Mientras tanto, durante las siguientes seis semanas, trabajó de cinco a diez horas al día en un poema largo sobre sus visitas a las ruinas mayas.


Giotto - santas
*

Cuando llegó el dinero y con otro préstamo de Shields, finalmente tuvo los medios para dejar México. El 13 de mayo, tomó un tren de Salto de Agua a Coatzacoalcos y luego un autobús a Veracruz, donde, drogado con codeína, tuvo una visión, "como en una pintura de Giotto... de una fila celestial de santas ascendiendo una escalera dorada y estrellada". La visión lo movió a escribir su credo teológico: "El peso del mundo es el amor".


Ginsberg en Pátzcuaro, mayo de 1954
*

Desde Veracruz, Ginsberg se trasladó a la Ciudad de México. Ahí, en un hotel barato, luchó contra las chinches, la soledad, y preocupaciones constantes sobre el dinero. Continuando su viaje, se detuvo tres días en Pátzcuaro y, durante la primera parte de junio, pasó tres días más en San Miguel de Allende, donde visitó la colonia de artistas. Mientras estuvo en San Miguel, siguió trabajando en su poema largo, el cual incluía un incidente voyeurista que ocurrió durante su breve estancia:

 
Me arrodillé en mi cuarto
en el patio de San Miguel
en el ojo de la cerradura: 2 A.M.
La anciana encendió una vela.
Dos jóvenes y sus muchachas
esperaban ante el portal,
noticias de la calle. Ella
cambió las sábanas, sonriendo.
¡Qué alegría! ¡La desnudez!
¡Bailan! Hablan
y sonríen tontamente ante la puerta,
se recargan en una pierna,
mano en la cadera, y posan,
desnudez en sus corazones,
se dan una palmada en la cabeza
y giran y entran,
empujándose unos a otros,
felizmente, felizmente, hacia un momento de amor.
 


Ginsberg en una simulada batalla de machetes, 1954
*

Siguió hacia Guanajuato, donde visitó el museo de las momias. Los cadáveres reseca­dos le recordaron que el tiempo humano en la tierra es finito: "De la eternidad tenemos / un número contado de años / y aún menos momentos tiernos".

Las "aventuras salvajes" mexicanas de Ginsberg, como las llamó en una carta a Kerouac, llegaron a su fin en la frontera en Mexicali. Solo y "desnudo con mochila, reloj, cámara, poema, barba", se paró en un "acantilado de basura", contemplando el fin de su estancia en México. Debajo de él había chozas de lámina con sus jardincitos sucios y una autopista estadounidense. Era junio de 1954. Ginsberg aún no cumplía veintiocho años. Un héroe en Yajalón, pero todavía no reconocido como un poeta mayor en la superautopista de la literatura Beat.


Ginsberg elegante frente a una iglesia mexicana, 1954

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Philip Gambone, profesor jubilado de inglés en preparatoria, también enseñó redacción creativa y expositiva en Harvard durante veintiocho años. Durante más de una década, sus reseñas de libros aparecieron regularmente en The New York Times. Phil es autor de siete libros. Su memoria, As Far As I Can Tell: Finding My Father in World War II, fue nombrada uno de los Mejores Libros de 2020 por el Boston Globe. Su nueva colección de cuentos, Zigzag, fue publicada el año pasado por Rattling Good Yarns Press. Sus libros están disponibles en Amazon, Aurora Bookstore, y en la librería de la Biblioteca.

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