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En la lata

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June 28, 2026

por Dr. David Fialkoff, Editor / Publisher

Durante los últimos meses, he ido por delante, deslizándome hacia la facilidad, haciendo las cosas antes de lo habitual. Durante años, cada vez que alguien sugería algo extra para mi carga, yo protestaba, "Estoy pedaleando lo más rápido que puedo". Hace seis meses, empecé a añadir, "Pero creo que estoy llegando a la cima de la colina". Ahora he coronado la cima. ¡Uf!

El día antes de ayer (20 de junio), sábado a media tarde, ya había terminado mi boletín del domingo por la mañana. Todo estaba listo, programado para enviarse automáticamente a primera hora del día siguiente. Ese boletín de la revista es una parte importante de mi todavía hérculea carga de trabajo. (Los 10 trabajos de Hércules eran únicos; se hacen y se acabaron. Los míos se repiten cada semana.)

La tarea del domingo implica, además del boletín en sí, preparar el índice de la revista (al que enlaza el boletín) y los artículos individuales, normalmente 10 pero esa semana 14 (a los que enlaza el índice).

Publicar para mí es como el fisicoculturismo, trabajo duro que ejercita mis músculos. Como los artistas, yo también estoy flexionando mis talentos, haciendo lo que sé hacer. Algunos pintan; yo publico.

Recientemente escuché dos relatos sobre la nobleza del oficio de editor (Patricia Hightower, Deep Water y "El hombre que inventó el canon israelí moderno"), ambos de los cuales añadieron a mi autoestima editorial; a veces se vuelve un poco solitario aquí frente al teclado.

Así que, como iba diciendo, el día antes de ayer, sábado a media tarde, con mi boletín del domingo "en la lata" (jerga de Hollywood para decir que el rodaje de una película ha terminado y la cinta está guardada en un canister), decidí ir en bicicleta al centro a pagar mi cuenta de internet en el Oxxo de Calzada de la Aurora y luego parar (tambíen en la colonia Guadalupe) en la Tienda de Gil para recoger un poco de yogur.


Tienda de Gil
*

Fuera, frente a mi casa, cuando estaba a punto de montar mi bicicleta, miré hacia arriba y noté que las nubes, cuyas masas blancas esponjosas e intermitentes habían estado filtrando de vez en cuando nuestro feroz sol mexicano y favoreciendo así el paseo, se habían oscurecido claramente hacia el este. De hecho, a lo lejos, junto a los Picachos en dirección al mall, un velo vertical oscuro dejaba claro que allí ya estaba lloviendo.

Durante más de una ocasión he andado en bicicleta bajo la lluvia aquí en San Miguel, atravesando más de un diluvio. Recuerdo que, en mi camino de regreso a casa en San Antonio desde el Centro, subiendo por Aldama hacia Córdoba, evitaba el torrente que rugía por el centro de la calle donde están las losas de piedra. Esas piedras planas son mi camino estrecho y suave, mucho más preferido. Pero avanzar contra esa corriente descendente, yendo en contra del flujo, era demasiado esfuerzo adicional. He pedaleado con impermeable (a veces improvisado) y sin él. Tengo guardabarros para protegerme del agua sucia de la calle. Lo peor de todo es simplemente mojarse. Así que, persistentemente terco, quizá incluso tontamente, emprendí mi viaje hacia el pueblo.

Sentí las primeras gotas a más de la mitad del trayecto, al acercarme a la glorieta donde el camino gira hacia Dolores (cerca del Pollo Feliz). Sentí algunas más cuando salí del Oxxo, con mi recibo de TotalPlay en la mano. Dos minutos después, mientras aseguraba mi bici a un poste en la esquina frente a la tienda de Gil, levanté la vista y vi a mi amigo Jorge Catalán colocando libros en una vitrina de vidrio empotrada en la pared frente a la tienda. Al acercarme a Jorge y comenzar una conversación, noté que, solo en un extremo del estante superior, con toda la portada mirándome directamente, estaba A Foreign Correspondent de Alan Furst.

Mi amigo Richard Adelman me introdujo a las novelas de espionaje hace unos años, prestándome su colección de Alan Furst una por una. Desde entonces he escuchado una novela de dos autores más del género, John le Carré y también Eric Ambler, principal inspiración de Furst. Le Carré, quien fue espía, cuenta buenas historias, pero (aunque esa sea una representación precisa del mundo del espionaje) es demasiado complejo para mi gusto. Ambler deja un hueco en su trama, no grande, pero para bien y para mal, siempre ha sido mi destino mirar demasiado de cerca. Furst no sufre ninguno de esos defectos. Su prosa es excelente. Y además transmite mucha historia. Así que su libro (no disponible como audiolibro en la biblioteca en línea a la que pertenezco) fue un hallazgo notable.

Momentos después, con el libro ya asegurado en mi bolsa, salía de la tienda de Gil con mi yogur. La lluvia era entonces una llovizna ligera y constante. Jorge, que había llenado el gabinete de libros gratuitos hasta su capacidad, me preguntó si quería que me llevara de regreso a mi casa, asegurándome que de todos modos iba en esa dirección. Tras un momento de consideración, durante el cual la llovizna aumentó, y con cierto ánimo de Jorge, acepté.

No era la primera vez que llevaba una bicicleta en su coche. Maravillosamente competente en todo lo que hace, abatió el asiento trasero y reacomodó otra caja de libros casi llena a un lado, y metió mi bici por la parte trasera con gran habilidad. Con mucha galantería nos llevó a casa. Sólo al sacar la bicicleta de su coche, aunque fue rápido, mis hombros y espalda se humedecieron. Era una lluvia fría, una tarde fresca, y, ya dentro cambiándome a ropa seca y cálida, me alegré mucho de no tener que haberla pedaleado empapado.

También me alegro de tener la novela de Furst (que permanece sin abrir en mi mesa de noche mientras termino In the Shadow of the Angel, el "Gone With the Wind" mexicano). Mi vida es mejor cuando estoy inmerso en una buena historia, tanto literaria como vivencial.

La vida es en sí misma, una historia. O, más bien, es una serie de historias, a menudo consecutivas. Quienes son generosos en su valoración de la naturaleza humana suelen opinar: "Todos tenemos nuestro propio punto de vista". Pero, como yo lo veo, casi todo el mundo ha adoptado el punto de vista de otra persona. Siendo la mente colectiva la norma (Buda dijo: "La mente está condicionada"), no es poco menos que heroico trazar el propio camino a través de la vida.

Con menos y menos broma a medida que envejezco, digo: "He abandonado mi búsqueda de la verdad y ahora estoy en el mercado de una buena fantasía". Un ejemplo: tras larga consideración del fin de un reciente interludio romántico y no encontrar causa objetiva, digo, generosamente, y sin broma alguna, que nuestras historias, la de ella y la mía, simplemente divergieron. Menos generosamente, y con más precisión, ella dejó de creer en la mía.

Una razón (hay muchas) por la que la mayoría de las personas eligen actuar como alguien más, es que contar y tejer la propia historia (sólo y con otros) requiere creatividad y trabajo; siendo el trabajo más difícil y creativo el desenredo de los hilos.

Recordamos que Alejandro, cuando se le presentó el nudo gordiano, sacó su espada y lo cortó en dos. (Supongo que le tomó varios golpes). Para mí, desatar ese rompecabezas habría sido notable; cortarlo parece hacer trampa. Pero entonces, tengo baja tolerancia a los cabos sueltos, y no he conquistado el mundo conocido. Parece que la resolución heroica, o al menos sus consecuencias, no siempre son elegantes.

Ayer, domingo, fuí a una fiesta en el vecindario. Amigos en la cima de la colina invitaron a personas para celebrar tanto su aniversario de boda, como la inauguración de su terraza del tercer piso. La terraza es en realidad una habitación enorme, mayormente abierta (en dos lados), maravillosamente equipada con una barra de mezquite, chimenea de azulejos y una vista de 360 grados.

El esposo, un maestro artesano, hizo él mismo la carpintería, extensa en toda la casa. Una persona admirable, evidentemente obtuvo lo mejor de los artesanos que contrató. La lámpara de araña turca, con dos docenas de orbes pintados a mano, colgando por el centro de la escalera de tres pisos, fue la pieza de resistencia.

La religión (es parte esencial de todas las culturas en todas partes hasta nuestra era moderna... y miren cómo nos va) es malentendida. Yo abordo los mandamientos bíblicos no como reglas a seguir, sino como consejos de vida: robar y asesinar hacen cosas malas al ladrón y al asesino. Así que, al salir de la fiesta anoche, trotando bajo la lluvia las pocas cuadras de regreso a mi humilde morada, y cambiándome a ropa seca y cálida, fuí cuidadoso de no codiciar la hermosa casa de mi vecino.

Cincuenta años atrás, cuando llegué a México por primera vez, llevaba una mochila grande con estructura metálica. Alguién que el yo de 19 años conoció en ese viaje, al ver mi carga, me aconsejó que era mejor viajar ligero. Y supongo que eso es lo que he estado haciendo desde entonces.

Mi historia favorita sobre Alejandro involucra a Diógenes, el filósofo griego que vivía muy ligero, renunciando a su casa para vivir en una tinaja, su tazón por una hoja de higuera y su copa por la palma de su mano. Como Diógenes se negaba a visitar a Alejandro, Alejandro, acompañado por sus generales, fue a visitarlo, encontrándolo tomando el sol desnudo sobre una roca.

A caballo (en mi versión de la historia), Alejandro se dirigió al filósofo: "Soy Alejandro. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?" "Sí", respondió Diógenes, "apártate de mi sol". Al retirarse, mientras sus generales se burlaban de Diógenes como de un loco, Alejandro replicó: "Digáis lo que digáis, si no fuera Alejandro, sería Diógenes".

No soy Alejandro, ni Diógenes, ni mi amigo de la colina. Pero, a casi 70 años de edad, me encuentro publicando una revista literaria en la mejor ciudad pequeña del mundo, lo cual no es un mal destino para un filósofo, o al menos un narrador de historias, como yo.

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