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Cultura del trabajo

Lago Willoughby

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19 de julio 2026

por Dr. David Fialkoff, Editor / Publisher

Es lo más lejos que se puede llegar... en el este de Estados Unidos... al menos por encima de Virginia Occidental... convenientemente. Vermont está escasamente poblado (excepto alrededor de Burlington, en el extremo noroeste del estado). Con más vacas que personas, el Reino del Noreste del estado es adonde los vermonteses van a alejarse de todo, favoreciendo especialmente el magnífico lago Willoughby, donde se encontraba mi pedazo de paraíso.

Yo era dueño de una interesante cresta ondulante (que incluía un acantilado de noventa pies —¡qué vista!), 150 acres de bosque de suave pendiente y cuatro acres de pradera. El bosque había vuelto a crecer después de haber sido talado (y vendido como madera) 30 años antes de que yo lo comprara. Durante esos 30 años, la pradera misma no se convirtió en bosque porque los desbrozadores habían alterado la cuenca hidrográfica. Es decir, las máquinas que arrastran los árboles cortados bloquearon negligentemente el cauce por donde antes fluía el agua desde la cresta, haciendo que se derramara toda sobre la pradera, dejando todos los puntos de la pradera, salvo los más altos, demasiado húmedos para que crecieran árboles, ya que las raíces necesitan oxígeno. Teníamos mucha agua.


Mi prado
*

Lo primero que hicimos (técnicamente en violación de la Ley 250, la ley estatal contra la alteración de los cursos de agua) fue excavar la presa de tierra (el surco del desbrozador) que bloqueaba el lecho del arroyo al pie de la cresta, restaurando así la antigua cuenca y secando la pradera. Después, mi cuadrilla de cinco personas y yo nos pusimos a despejar la pradera, cortando los árboles —en su mayoría delgaduchos— que habían logrado arraigarse en esas zonas elevadas, y apilándolos en enormes montones. Dos hombres manejaban las motosierras y cuatro éramos "acarreadores de matorral", que arrastrábamos los árboles cortados hasta la pila, los parábamos sobre su extremo, los levantábamos, los equilibrábamos con las dos manos como quien intenta equilibrar una escoba gigantesca, y luego, dejándolos inclinarse en dirección a la pila, los lanzábamos hasta la cima.

Ese fue mi primer verano en Vermont. Fue rudo y glorioso. Hacia el final de esa temporada, durante la cena en la "casa principal" de la comuna —mis vecinos inmediatos, calle abajo, donde nos alojábamos todos—, uno de los muchachos se burlaba de lo flaco que soy, de mis músculos fibrosos. Luke, capitán de la cuadrilla, que manejaba una de las motosierras, salió en mi defensa: "Sí, pero cada uno de esos tendones es como un cable de acero".


La casa principal, Granja Mad Brook
*

Mi ética de trabajo, tal como se manifestó allí en Vermont, es una virtud y un vicio a la vez. Un espiritual negro que escuché de niño lo resume bien: "Josué era hijo de Nun. Nunca quiso dejarlo hasta que la obra estuvo hecha. Pequeño David, toca tu arpa, aleluya". Ese soy yo, el pequeño David, que no se rinde. Mientras escribo esto ahora mismo, tengo hambre y debería levantarme a comer, pero voy atrasado y quería tomarle el pulso a este artículo, echar sus primeras raíces, porque necesitará tiempo para crecer, para ramificarse, echar hojas y florecer, y esta semana no tengo mucho de eso. Pero déjenme ir a comer y luego, con un mejor nivel de azúcar en la sangre, les diré por qué.

Posprandial: Cambié de residencia hace 15 días, el primero de julio. Los obreros están en este mismo momento, mientras escribo esto, en la planta baja, construyendo mi nueva morada en el tercer piso. Tendrá las vistas y la luz a las que me acostumbré en mi último departamento, si no del todo tanto de ambas. Aquí abajo, en la planta baja, donde lanzaremos Club Lokkal, la sala grande era bastante oscura. Un mejor juego de ventanas ayudaría. Repintar las paredes ya ha ayudado. Eran un remolino jaspeado de naranja, que variaba de oscuro a más oscuro, y que chocaba con el considerable enlosado de la habitación.

Hace tres días, el lunes, puse a prueba mi temple. Preparé el espacio, compré o pedí prestado lo que necesitaba, y me puse manos a la obra, aplicando dos capas de imprimación a la sala grande, trabajando hasta las 8 de la noche. El martes apliqué una mano de pintura, blanco hueso. El miércoles, ayer, agregué una segunda mano. Hoy, aunque soy famoso por mi optimismo inflado a la hora de calcular la carga de trabajo, me queda apenas una hora de trabajo con brocha alrededor de la base de dos paredes; ¡nada más de trabajo con escalera!

Ayer fue el último día de trabajo de Verónica, enseñando artes y manualidades a niños en la Escuela Valle de Nubes. Mi antigua pareja y todavía querida amiga, se muda de regreso a Chile a fines de mes, y desde mi llegada ha estado viviendo en la "casita" de su amiga de la infancia, Yasna, aquí en el segundo piso. Esta mañana, Yasna y ella, y varias otras femeninas más, fueron todas a las aguas termales para la segunda fiesta de despedida (anoche hubo una cena en la escuela), una despedida. (En México, decir adiós es más importante que decir hola). Al salir por la puerta esta mañana, Verónica me preguntó cuándo estaría en orden la sala grande (todo se ha movido de las paredes hacia el centro del salón), ya que será el escenario de la tercera fiesta de despedida mañana por la noche, una cena de Shabat para una docena de no judíos y yo.

Vero está muy impresionada con el cambio que ha producido una pintura de color más claro en la sala grande, pero también está muy impresionada con el hecho de que mañana por la noche vienen doce invitados a cenar y que la habitación, salvo por las paredes, está hecha un desastre. Así que, con las muchachas en las aguas, y este artículo ya ramificándose sanamente (y con el desayuno ya en mi estómago), voy a dejar de lado mi enfoque de trabajo normalmente monomaníaco e ir a darles los últimos toques a esas paredes, para poder al menos tener los muebles casi todos en su lugar antes de que ellas regresen. Habrá tiempo suficiente esta tarde para enviarle este artículo a mi traductor, como debo hacer, y tiempo también para empezar la salsa de espagueti para la cena de mañana, como también debo hacer. Ahora, ¿dónde dejé esos shorts manchados de pintura?

Varias horas después: los toques finales de pintura tomaron más o menos el tiempo que había imaginado, pero lavar las superficies, reacomodar las cosas, barrer el piso y preparar el almuerzo, como era de esperarse, tomó mucho más tiempo del previsto. Mi crónica subestimación del tiempo que se necesitará para terminar una tarea es un mecanismo de supervivencia programado genéticamente; si supiéramos cuánto trabajo implica terminar algo, muchas veces simplemente no empezaríamos.

Club Lokkal: club de cenas, centro comunitario, espacio de talleres, acercamiento a la comunidad mexicana... podría ser mucho trabajo, pero creo que lo he simplificado. Las cenas, uno o dos días por semana, presentarán uno o dos platillos cada noche: espagueti o curry o comida tailandesa o mexicana... Y a veces tendremos chefs invitados que ya cuentan con seguidores propios, pero que no quieren el compromiso que implica un restaurante. En cuanto a centro comunitario, estoy seguro de que puedo conseguir que artistas profesionales vengan, una o dos veces cada uno, a inspirar a los niños en una clase de arte, y oradores que vengan a inspirar a los adolescentes. La Fundación Lokkal ya está haciendo acercamiento en la comunidad mexicana. Club Lokkal será un "aparador" para ampliar esos esfuerzos.

Después, espero involucrarme en el turismo holístico. La planta baja aquí tiene dos habitaciones de huéspedes, una de las cuales puedo usar yo mismo, si alguien quiere rentar todo el tercer piso. Acabo de comprar el dominio www.sanmiguelnatural.com. (Me encanta que el nombre sea bilingüe). Yasna, en el segundo piso, (terapeuta de desintoxicación de órganos y chef gourmet de comida natural, que cocinó para Bill Gates y su séquito en un centro de retiro en Costa Rica) y yo (médico naturópata) tenemos juntos 28 años explorando San Miguel de manera natural, y podemos servir de mentores y guías para cualquiera que quiera experimentar un estilo de vida más saludable mientras descubre la ciudad de forma holística.

Es muy ambicioso, y pueden llamarme soñador, pero imagino una integración, con contenido y esfuerzos aprovechados para múltiples propósitos, una simbiosis comunitaria. Yasna, muy impresionada con la forma en que va tomando cuerpo el tercer piso, con la ética de trabajo que demostré al pintar la sala grande y con mi salsa de espagueti, ya está a medio comprometerse con la empresa. Y con la pintura naranja desterrada, ya he empezado a contactar a otros posibles socios. Mañana doy mi primer recorrido por el futuro Club Lokkal. Deséenme suerte.

Mientras tanto, ese es mi artículo de esta semana. Gracias por leer.

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