English
21 de junio 2026
Capítulos anteriores
por Jan Baross
CAPÍTULO VEINTICUATRO
Una lluvia horizontal inunda la veranda. Un momento, hay silencio; al siguiente, una tormenta surgida de la nada. Ráfagas salvajes arrancan de raíz mis tomates, chícharos y calabazas, arrojando las plantas patas arriba contra la cerca. Las campanas de la iglesia tocan la alarma, pero desconozco la causa.
Salgo a la veranda y me cubro la cabeza con el rebozo al escuchar un estruendo terrible. Una gaviota muerta se desliza del techo en una cascada de tejas rotas.
El camino antes polvoriento entre mi casa y la de Fecunda es ahora un arroyo marrón de aguas turbulentas. El cuerpo enorme de la Sheriff Nina Fumar avanza a trompicones por el sendero anegado en dirección al mar. Lleva a la pequeña alcaldesa Perfecciona sobre los hombros.
"¡Síganme! ¡Cuidado con los pies! ¡Traigan cuerdas!" grita la pequeña alcaldesa. "Domingo y los pescadores están atrapados en la tormenta".
¡Domingo! Conoce el mar mejor de lo que conoce a su propia esposa. Corro hacia la casa y golpeo las puertas de José y Miguel.
"¡Despiértense! ¡Es una emergencia!"
Sin esperarlos, abandono la seguridad de la veranda con una cuerda al hombro. El viento y la lluvia me arrancan el pañuelo amarillo, empapando el vendaje de mi cabeza.
La señora Nauseobondo chapotea por el camino con unas botas grandes de hombre y pantalones de lona, cargando una botella de brandy. Campesinos, tenderos, empleados municipales, cantineros, borrachos y el Padre Monástico, todos vestidos a toda prisa desde sus tempranos despertares, cargando cuerdas y mantas hacia la playa.
La puerta de Fecunda se abre de golpe. El cálido rectángulo de luz se hace pedazos en el viento. Fecunda, una fuerza de la naturaleza ella misma, se lanza a la tormenta oscura con los ojos desorbitados de miedo. Detrás de ella, los niños cargan ganchos, cuerdas y una cobija de lana.
Fecunda no piensa cuando intenta correr, da un paso demasiado apresurado, resbala y se lanza de panza hacia el arroyo. Se sacude la cabeza y se limpia los ojos con una mano. Tiembla demasiado para levantarse. Aúlla en la tormenta, "¡Domingo!"
Me meto en la corriente de agua marrón y corro a su lado. "¡Fecunda! ¡Levántate!"
Fecunda se empuja hasta quedar de rodillas. Nos equilibramos mutuamente mientras se pone de pie. Raíces, piedras y pedazos de madera nos golpean las piernas mientras somos arrastradas por el camino inundado.
Fecunda y yo, los niños, Miguel y José salimos a trompicones del torrente desbocado que surca hacia el mar. Somos los últimos del pueblo en llegar a la playa.
Con cuerdas resistentes y los fornidos brazos de los aldeanos, la balanceante barca azul de Aurelio es sacada más allá del alcance del mar y queda inclinada sobre la arena. La barca de Rafael, la de Salvador, la de Nicola. Las sacan una por una del mar. Las barcas están a salvo, y los pescadores están a salvo, rodeados por sus familias, envueltos en cobijas, bebiendo el brandy de la señora Nauseobondo.
Solo la barca amarilla de Domingo sigue zarandeándose en lo alto de las olas, demasiado lejos para que llegue la cuerda.
A orillas del mar, Fecunda se golpea la cabeza en una danza desesperada. Ninguna parte de su cuerpo es suficientemente fuerte ni larga para salvar a su marido. Entre el viento cegador, es imposible ver si Domingo sigue en la barca.
"¡Domingo!" grita Fecunda.
"¡Papá!" gritan sus hijos.
La mole imponente de la Sheriff Nina Fumar se adentra en las olas con un gancho de anclaje atado a una larga cuerda. Ella misma está atada a una larga cuerda que sostiene una fila de hombres. La Sheriff Nina hace girar el gancho en círculos cada vez más amplios sobre su cabeza y finalmente lo lanza con todas sus fuerzas hacia la barca de Domingo.
El gancho se queda corto.
Una ola monumental succiona la barca de Domingo en su curva y la empuja hacia la orilla. La Sheriff Nina lanza de nuevo, y esta vez las púas se enganchan en el interior del casco.
Con un rugido que se escucha por encima de la tormenta, los aldeanos corren a ayudar a la fila de hombres a jalar la barca a tierra. Fecunda, los niños, José y yo, hasta Miguel con su resaca aturdida, todos jalamos la cuerda que salvará a Domingo.
La tormenta intenta llevarse la barca de nuevo, pero como un solo pueblo, jalamos la barca de Domingo hacia la playa. Si hubiéramos enganchado una ballena, no podría ser peor la pelea.
Levanto los ojos al cielo y suplico a Gabito en silencio. "¡Gabito, ayúdalo! ¡Jamás te lo perdonaré si muere!"
A medida que la barca se acerca entre las olas furiosas, podemos ver que Domingo se ha atado al mástil corto y roto. Nos hace señas, desata las cuerdas de su cintura y agarra un remo.
Largas patas de relámpago cruzan el cielo a zancadas. De repente un destello, y luego una descarga dentada perfora las nubes y alcanza a Domingo. Por un instante su cuerpo mojado queda congelado en la luz. Y entonces desaparece.
"¡Domingo!" Fecunda no está sola en el lamento que se eleva hacia el viento desde el corazón de todos los aldeanos.
Jalamos y jalamos, pero la barca se vuelve más pesada a medida que el casco agrietado toma agua. Al fin la barca de Domingo descansa en la orilla, con una marca negra de quemadura cerca del mástil, atravesando el casco, pero sin Domingo.
"¡Maldito seas, Gabito!" le gritó en silencio. "¡Podrías haberlo salvado!"
El rostro de Fecunda está pálido de incredulidad.
"¿Cómo puede pasarle esto a un hombre que llama madre al mar?" aúlla en la tormenta.
Dejó de respirar para detener el tiempo. Si este momento pasa al siguiente, comenzará el tiempo en que Domingo está muerto.
Los niños permanecen en silencio, como todos nosotros, esperando que el mar nos devuelva el cuerpo de este hombre querido para enterrarlo entre los suyos.
La Sheriff Nina Fumar espera con paciencia en el oleaje helado. Finalmente grita por encima del rugido del océano, "¡Ahí está!"
Momentos después, una figura negra y desmadejada es arrojada a la orilla. La sheriff corre a recoger a Domingo antes de que el mar lo succione de vuelta. Lo tiende en la playa.
Fecunda y los niños corren hacia él. El viento ya no la detiene.
Los aldeanos se congregan alrededor de la familia en un círculo protector. Domingo yace en el centro, su piel ennegrecida soldada como un tambor sobre sus huesos. Sus ojos y su boca están cerrados. Sus dientes apretados para recibir a la muerte.
"¡Domingo!" llora Fecunda.
Dos de los hijos envuelven a su padre en la cobija de lana.
El cabello blanco mojado del Padre Monástico ondea en el viento, y traza la señal de la cruz sobre el cuerpo quemado de Domingo.
Me alejo del círculo y me apoyo en la barca de Domingo para sostenerme, en la parte que lleva el nombre "Precioso, Amado". Siempre lo recordaré como el mejor de los hombres. José viene a pararse a mi lado. Quizás está pensando en la hermosa figura de proa que iba a tallar para la barca de Domingo.
Los hijos de Domingo levantan su cuerpo envuelto y lo ponen sobre sus hombros. Debe pesar casi nada con toda la carne de sus músculos carbonizada.
Las nubes color gris oscuro y el viento salvaje se van retirando poco a poco hacia el mar, dejando las arenas lavadas y limpias.
Miguel sostiene a Fecunda mientras todos los seguimos cuesta arriba por las dunas y a través del arroyo marrón. José camina unos pasos detrás de Pilar. Yo soy la última en la procesión, aferrada al pequeño consuelo de haber conocido quizás las últimas palabras amorosas de Domingo.
La puerta verde lima se abre, y la casa de Fecunda se llena de gente mojada y de muerte. Habrá que lavar a Domingo, consolar a la familia, cocinar una comida.
Camino hacia mi lado del sendero entre capas de lodo y madera. El patio trasero está lleno de ramas rotas y tejas partidas. Hay un frío consuelo en la lluvia más suave. La dejo lavarme, la dejo sentir como lágrimas porque todavía no puedo llorar.
El estanque se desborda. Las carpas dan coletazos en los charcos de lodo. Recojo sus cuerpos anaranjados y los devuelvo al agua. Sentada en la piedra, los observo enviar ondas desde abajo. Un aullido de muerte sube dentro de mí, pero antes de que comiencen las lágrimas, un par de ojos oscuros emergen desde debajo de un lirio dañado.
Gabito surge del agua. Las gotas de lluvia resbalan de su piel como aceite mientras sale del estanque. Sus botas están coronadas de hierbas acuáticas.
"Tortugina", dice Gabito. "¿Tantas lágrimas por el marido de otra mujer?"
Se acomoda en la piedra junto a mí. Me estremezco cuando se inclina más cerca. Su sonrisa parece manchada de sangre.
"Era mi amigo, Gabito. Era el único que fue bueno conmigo. ¿Por qué no lo ayudaste?"
Gabito recoge una pequeña carpa anaranjada y la devuelve suavemente al agua.
"No había nada que yo pudiera hacer. No tengo tales poderes".
Observa dos carpas nadando juntas bajo la superficie. Hay amargura en su voz.
"Anoche supe que jamás podría decirle a José que soy su padre. Luego pensé que también te había perdido a ti, por el señor Domingo".
Me aparto del roce de su chaqueta de lana. Gabito guarda más oscuridad en el corazón de lo que jamás imaginé.
"¿Al señor Domingo lo mataron por una sonrisa?" digo.
"¡Yo no lo maté!"
Lo dice con tal fuerza que quiero creerle.
"Quizás sea verdad", digo, "o ya habrías matado a Miguel Svendik".
Me arrastra hasta la esquina de mi casa y señala la ventana de la cocina de Fecunda.
"Mira, Tortugina", dice. "Miguel Svendik ya está muerto para ti".
Dentro de la cocina de Fecunda, con Domingo tendido quemado sobre la larga mesa del desayuno, Miguel sostiene a Fecunda con ternura entre sus brazos. La envuelve con una expresión suave en el rostro. Nunca los había visto realmente juntos, no así. Su abrazo es más dulce que todo el sexo del mundo. Puedo ver que es un amor verdadero.
Ahora comienzan las lágrimas, y estoy segura de que nunca pararán. Gabito me envuelve en sus brazos como si yo fuera muy pequeña. Todavía huele a hogar, a El Pulpo y al olor verde del mar. Soy tan amada por Gabito como Fecunda lo es por mi marido. Haya hecho lo que haya hecho Gabito, él es mi único amor. Me abraza fuerte.
"Ah, Tortugina", suspira Gabito. "Las cosas serán mucho más sencillas para nosotros cuando estés muerta".
***
CAPÍTULO VEINTICINCO
El cementerio está cubierto de flores silvestres que trepan por los muros de la iglesia de piedra caliza amarilla. En el techo de la pizarra, una vieja veleta de hierro fundido señala la cala donde murió Domingo. Las nubes grises se deshacen en el aire frío del mar.
Tomé la mano de José para entrar en calor. Envoltorios de dulce se agitan contra nuestros zapatos lustrados mientras caminamos hacia el borde de la multitud. El almuerzo que cociné huele bien en José, papas fritas con cebolla.
Entre las ráfagas heladas, muchedumbres de dolientes se congregaron alrededor del féretro cerrado de Domingo. Sombreros negros, vestidos negros, rebozos y chaquetas negros como cuervos. Es extraño en Las Mujeres ver a todos vestidos de un solo color.
José se recuesta suavemente en mi hombro, sosteniendo una pequeña réplica de la barca de Domingo, "Precioso", para dejarla en la tumba. Mira el féretro cerrado.
"Mamá, ¿cómo se ven los muertos cuando no están quemados?"
"Igual que en vida, José, solo que más formales".
Domingo, Domingo, solo te recordaré como eras. Te quieren por tantas razones. Siempre te recordarán con el sabor del pescado fresco en la boca.
El Padre Monástico se lame los labios y reza en silencio mientras los últimos aldeanos toman sus lugares alrededor de la tierra removida. A la cabecera del féretro cerrado, Fecunda y sus hijos están tan juntos en su ropa de luto que podrían haber sido cortados de una sola pieza de tela.
Por encima de las páginas sacudidas por el viento, el Padre levanta la mano en un gesto que nos incluye a todos.
"Cantemos el lamento del pescador, para aliviar nuestra pena que pesa tanto como uno de los halibuts de Domingo sobre un lecho de arroz con verduras y ciruelas con clavo".
Fecunda lo mira, pero no dice nada. El Padre canta con voz de castrato. Su boca es sorprendentemente grande para una voz tan aniñada.
Llévate a nuestro hermano, oh Señor.
Él nada con los peces.
Los peces que antes pescaba.
Los peces que antes comíamos.
Un buen hombre nada
Con los peces. AMÉN.
Es mucho más fácil imaginar a Domingo nadando con los peces que yaciendo en la tierra fría. Todos queremos que Domingo nade desde el mar con su red, listo para alimentarnos de nuevo.
El coro se rompe con el chillido de halcón de Fecunda. Su cuerpo se lanza sobre los crujientes tablones de apoyo que sostienen el féretro de madera de Domingo sobre un hoyo de dos metros. Sus manos enguantadas levantan la pesada tapa tallada y la empujan. En el rectángulo de madera oscura, el rostro carbonizado e indio de Domingo parece flotar sobre la blancura de la sábana.
"¡Domingo!" aúlla Fecunda.
Fecunda baja su cuerpo al féretro, cubriendo al pobre Domingo. Esperó que sus piernas y brazos forcejeen, pero todo lo que veo son las posaderas de Fecunda. Los tablones crujen bajo su peso.
Los brazos gigantes de la Sheriff Nina Fumar arrastran a Fecunda fuera del féretro justo cuando los tablones ceden. El féretro se inclina. La cabeza de Domingo golpea la tapa. Sus zapatos negros rebotan una vez sobre el borde de madera mientras el féretro cae a través de los tablones rotos hacia la fosa. Fecunda aúlla en el viento, y hasta los cormoranes pierden el rumbo.
La alcaldesa Perfecciona palmeó el muslo de Fecunda. "Fecunda, te estás comportando como una burra", dice. "Bajen la tapa con cuidado sobre el féretro, caballeros, y continuemos con la dignidad que este hombre merece".
Miguel Svendik se mueve lentamente hacia el lado de Fecunda. Su paso es firme mientras se para junto a ella. Cada vez que Miguel está tan cerca de mí, siento un picor terrible en la cabeza. La costra de mi cuero cabelludo recuerda el hacha levantada, el peso ausente de mi trenza.
Me mira mientras me rasco el pañuelo negro. Fecunda debe sentir el calor de su mirada alejarse de ella. Su grueso codo golpea sus costillas. Él queda sin aliento por el golpe. Ella me señala entre sus lágrimas.
"Tortugina, te atreves a venir al funeral de mi marido, so puta. ¡Sedujiste a mi Domingo en tu cocina anoche!"
La alcaldesa Perfecciona chasquea los dedos hacia Fecunda. "¡Fecunda, basta! ¡Hay un tiempo y un lugar para las calumnias!"
Los ojos de los aldeanos se abren con interés. "¡Este es el tiempo y el lugar! Déjenla hablar".
"Muy bien, ¿cuál es tu respuesta, Tortugina?" dice la alcaldesa.
Se vuelven hacia mí como si todos estuvieran unidos a la misma veleta.
"El señor Domingo tuvo la amabilidad de venir al cumpleaños de José", digo. "Lo invité porque Miguel nos ha abandonado por la cocina de Fecunda. Miguel y Fecunda estuvieron bebiendo juntos casi toda la noche. El señor Domingo nos hizo compañía hasta que Miguel llegó a casa".
Fecunda recarga su peso de viuda en Miguel. El peso aplastaría a hombres menores, pero su toque lo rejuvenece. Tiene un brillo que solo viene con el tipo de amor que he visto en los ojos de Gabito y reconozco de inmediato.
"Fecunda y yo estábamos juntos", dice Miguel, "pero no solos. Estábamos con los niños cenando. ¿Verdad, Pilar?"
La cabeza de Pilar sube y baja como una garza de pico largo pescando charales.
"¡Domingo y yo estábamos con José!" digo.
El rostro de Miguel se baña en lágrimas. "¡No me importa, Tortugina! ¡He vivido demasiado tiempo bajo la desgracia maldita!" Miguel habla con una voz que viene de un corazón que yo no sabía que tenía.
"¡Quiero ser feliz! Entonces, con todo mi corazón, yo, Miguel Svendik de la maldita casa de Svendik, declaro mi amor eterno por mi prima Fecunda Pérez y sus hijos".
Un viento frío sopla bajo mi pañuelo. Los aldeanos hablan en susurros indignados.
"¡Esto es mala suerte!"
"Domingo ni siquiera está enterrado todavía".
"Quizás puede escucharlos".
Fecunda le habla a la multitud sin ninguna vergüenza en la voz. "Declaro mi amor por Miguel Svendik. Viviré con él, como su esposa, pero no habrá matrimonio por la maldición de los Svendik, y por Tortugina. Si siguen siendo mis amigos o no, no me hace ninguna diferencia. De todas formas tienen que comprarme los mariscos".
Las esposas se aferran fuertemente a sus maridos. Era fácil ignorar el amor de Miguel y Fecunda el uno por el otro mientras estaba oculto. Pero presenciarlo a plena luz del día, confrontar esa pasión en el cementerio, los obliga a todos a enfrentar la naturaleza frágil de sus propias uniones.
Fecunda se inclina hacia Miguel y lo besa en la boca. Si un rostro pudiera estallar de alegría, sería el suyo.
"¡Vergüenza, Fecunda!" gritan los aldeanos. "¡Vergüenza, Miguel!"
Por un fugaz momento, ya no soy una paria. Estoy del mismo lado que los aldeanos.
"¡Qué vergüenza!" grito.
José, con el rostro encendido de furia, mira a Miguel.
Miguel no ha terminado. Agita las manos pidiendo atención y habla con una voz tan plana como los ojos de Pilar. "Tú, José, no eres mi hijo. ¡A ti y a tu madre os reniego!"
El hermoso rostro fresco de José se desmoronó de confusión.
"¡Pero soy tu hijo!"
"Pregúntale a tu madre", gruñe Miguel.
"Papá, ¿cómo puedes llamarme bastardo delante de todo el pueblo?"
José arroja su pequeña talla de la barca de Domingo a Miguel, corre entre la multitud y sale por las puertas de hierro.
"Tortugina", dice Miguel. "Mira qué miseria has causado".
"Miguel", digo. "¡Mira qué miseria has causado tú!"
Me arranco el pañuelo negro y el vendaje ensangrentado de la cabeza y me volteo para mostrarles a los aldeanos mi herida, una enorme costra con puntos negros. Una brisa fría hace que la herida duela como dientes en el hielo.
"Esto es lo que pasó cuando Miguel intentó cortarme la cabeza", digo.
Su hazaña se graba en la larga memoria de los aldeanos y en los ojos de Fecunda.
Me acerco al borde resbaladizo de lodo de la tumba para que Fecunda y Miguel puedan ver bien.
"Ves, Fecunda", digo. "¿Ves cómo sirve el amor Miguel Svendik? Y tú, Miguel, ¡te has atado a una vaca marina gorda por el resto de tu vida! ¿Quién soy yo para no desearte lo mejor?"
Le arrojo los vendajes secos de sangre a Fecunda, un regalo rosado para la novia fingida. La nuca de mi cabeza es una acusación silenciosa mientras me alejo lentamente, dejando que mis pasos se pierdan por el mismo camino que ha tomado José.
Continuará
**************
Jan Baross es una novelista galardonada, cineasta documental, fotógrafa, guionista, libretista, crítica de cine y fue profesora de realización cinematográfica en Oregon State University. "Jose Builds a Woman", su novela debut publicada por Ooligan Press hace veinte años, en 2006, recibió el primer lugar en ficción. Ursula Le Guin le dio su aprobación.
Baross vive seis meses al año en Portland, Oregon y en SMA, donde le encanta diseñar carteles para el Annual San Miguel Playwrights Winter Showcase. Libros y Audible en Amazon. Películas en YouTube.
www.janbaross.com
Por favor contribuya a Lokkal,
Colectivo en línea de SMA:
***
Descubre Lokkal: Misión

Visit SMA's Social Network
Contact / Contactar
