English
17 de mayo 2026
por Dr. David Fialkoff, editor / publicador
La gente que me ve andar en bicicleta por la ciudad cargado de mercancías como si estuviera en el sudeste asiático se sorprende al saber que tengo coche. Entiendo que las elecciones personales y de estilo de vida, incluido el uso de mi propio coche, representan apenas el 25 o 30 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono, pero por más ecológico que sea, me siento mejor viviendo con ligereza. Además, la bicicleta es el mejor ejercicio, más fácil de estacionar y con frecuencia más rápida que el coche.
Y es que andar en bicicleta me hace sentir joven y aventurero. Como la motocicleta, tiene la emoción de rodar al aire libre. Y más allá de eso, está la satisfacción de llegar a algún lugar por el propio esfuerzo.
Es verdad que andar en bicicleta sobre adoquines es un asunto traqueteante, especialmente a baja velocidad, cuando las ruedas descienden hacia cada vallecito en lugar de saltar de cima en cima. Pero aún así, pedalear sobre adoquines es sin duda una forma de desplazamiento mucho más equilibrada y segura que caminar sobre ellos, donde con cada paso el pie cae en un ángulo distinto, extraño e imposible de predecir.
Pedalear por la ciudad es también más seguro, en San Miguel en tanto que el tráfico aquí es en su mayor parte tranquilo y cortés. Cada calle se siente casi como un carril bici. Cuando algún conductor tiene prisa, lo más probable es que sea de fuera. Yo mismo me he calmado a lo largo del decenio y medio que llevo viviendo aquí, pero antes, cuando alguien me tocaba el claxon mientras yo pedaleaba, giraba mi cabeza con casco y gritaba por encima del hombro: "¡Chilango!"
De hecho, acabo de regresar de un paseo.

Calzada de Aurora
*
Ayer el Rabíno Daniel me llamó para preguntarme si acudiría a la sinagoga esta mañana para completar el quórum de oración necesario para recitar ciertas plegarias comunitarias. En ciudades con congregaciones judías más activas, las oraciones comunitarias se recitan en la sinagoga cada mañana y cada tarde, dos veces al día. Pero aquí en San Miguel, normalmente, el quórum sólo se constituye en días festivos y las mañanas del sábado. El servicio de hoy era un evento especial, pues alguien quería recitar el kaddish, la oración memorial, por su padre, cuyo aniversario de fallecimiento es hoy.
Acepté asistir. Es una analogía poco apropiada, pero si diez personas necesitarán una undécima para jugar al fútbol, me uniría al equipo. Y, por supuesto, me entusiasma mucho más cuando el "equipo" no sale corriendo por un campo de juego, sino que se reúne para reconocer la naturaleza milagrosa de la existencia. Hoy en día la ciencia abraza la idea de que existe una Mente Cósmica que es el fundamento y la sustancia de todo, aunque con frecuencia de una manera muy ajena a lo humano.
Hace poco escribí sobre mi inestabilidad mental y emocional, es decir, mi ignorancia de lo que realmente ocurre. La neurociencia ha demostrado de manera concluyente que ninguno de nosotros sabe realmente lo que está pasando, que no vemos "la verdad", sino apenas, en el mejor de los casos, una versión abreviada de ella.
Con esa ignorancia en mente, he de confesar que aunque en una época, durante siete años, fui un verdadero creyente, hoy no sigo todas, ni siquiera la mayoría, de las normas del judaísmo ortodoxo. Sin embargo, mi "apostasía" es al menos parcialmente defendible, pues los propios rabinos admiten que los "atajos" sentidos de corazón pueden ser preferibles a la adhesión irreflexiva a la letra de la ley.
Con todo, la religión formal puede ser un hermoso teatro para recordar y representar nuestra relación con lo Divino: "representar" siendo la palabra clave, considerando que sin observancia religiosa, la alternativa, incluso para la mayoría de las personas "espirituales", es no actuar, no hacer absolutamente nada. Y los cabalistas insisten en que, contrariamente a lo que pudiera parecer, el plano físico tiene grandes ventajas espirituales. Así que, por favor, encienda una vela.

Tienda de Gil
*
Esta mañana, pues, protegido en este plano físico de la fiereza del sol de mayo por la hora temprana, las 8:40, y por una generosa capa de nubes, salí en mi bicicleta, descendiendo desde las alturas de la colonia Insurgentes (sobre San Luis Rey) hasta la glorieta que marca uno de los extremos de la Calzada de Aurora, cuya longitud recorrí en su totalidad antes de descender de nuevo por la Calzada de la Luz, para luego pedalear unas cuantas puertas cuesta arriba por la Avenida Independencia hasta donde se encuentra la Casa Chabad.
Tras las oraciones y un desayuno comunitario, mi viaje de regreso siguió la misma ruta a la inversa, con subidas en lugar de bajadas. Pero fui con calma. Después de coronar la Calzada de la Luz, me detuve en la Tienda de Gil para comprar yogur y así recobrar el aliento. Luego, al final de la Calzada de la Aurora, donde el camino asciende hacia la glorieta y continúa cúesta arriba en dirección a San Luis Rey, me detuve de nuevo, sentádome durante diez minutos en una barda a la sombra de un árbol en el Parque Zeferino. Y otra vez, tras llegar al centro de San Luis Rey, después de una subida gradual pero prolongada, me paré a comprar fruta y charlar con el hombre que atiende el carrito de comida afuera de la verdulería.
Al principio, hace casi dos años, mudarme de la colonia San Antonio a este extremo norte de la ciudad se sentía como un exilio. Todo (con excepción de la Fábrica Aurora) quedaba más lejos. Aún pasó mucho más tiempo en casa que antes de mudarme, pero gran parte de ese no salir se debe a una barrera psicológica.
Con el reciente colapso de mi sitio web, me vi obligado a relajarme. Y ahora, un mes después de que mi mundo digital fue plenamente restaurado, sigo tomando las cosas con calma. Descubrí una nueva y relajada percepción del tiempo, y me estoy dejando llevar por ello, descansando más en general. El hecho de no exigirme tanto se refleja en mi nueva actitud hacia la bicicleta. Todo, incluida ella, es mucho más llevadero cuando me detengo a recobrar el aliento en las cuestas o después de ellas.

Parque Zeferino
*
Todas estas revelaciones llegan en el momento justo. Se me ha presentado la oportunidad de mudarme de nuevo. Mi querida amiga Verónica regresa a Chile y yo podría quedarme con su casa. Es un lugar agradable y espacioso. He pasado mucho tiempo allí, tanto visitándola como cuidando a sus animales durante semanas enteras. Como me gusta el barrio (Manantial, colonia Allende) y queda mucho más cerca de todo, lo he considerado seriamente.
Pero la tranquilidad que se respira aquí en Insurgentes, en el extremo norte de la ciudad, es una gran riqueza. Y otra gran riqueza: encaramado en esta colina, cada cuarto de mi apartamento en el segundo piso (que son solo cuatro) tiene su propia vista particular.
En la práctica, esto significa que sentado aquí en esta mesa, en el rincón delantero de la sala, cuando levanto la vista del teclado y la pantalla, mi mirada se extiende a través de un amplio sistema de ventanas del suelo al techo, hacia el sur, sobre un extenso panorama de la ciudad. Y si me levanto y me acerco a la ventana, hacia el oeste, el Club de Golf Ventana se despliega verde en primer plano y las montañas de Guanajuato se extienden moradas en la distancia. Luego, por la parte trasera, hacia el norte desde la ventana de mi cocina, tengo una vista de pájaro de donde, una calle más allá, las casas se interrumpen abruptamente y el campo comienza de golpe. Y, por supuesto, la naturaleza es otra gran riqueza, especialmente en un entorno urbano.
Empujando mi bicicleta cuesta arriba por la última loma de esta mañana, con los pies sorteando los muy irregulares adoquines de mi calle, y al cruzar hacia mi patio delantero, me agaché a recoger algunos limones dulces que habían caído completamente amarillos del árbol. Después de casi dos años viviendo aquí, recién ahora empecé a exprimirlos en el agua que bebo; le dan un sabor mucho más rico. ¿Cuántos otros regalos de la vida no estaré recogiendo?
Así que no, no me mudaré. Los cambios que necesito son interiores, no exteriores. Con mi actitud más relajada hacia la bicicleta, la ciudad se ha vuelto más accesible. Ahora solo necesito darme permiso de usar más el coche, darme ese gusto, salir más y vivir con algo más de riqueza. Al fin y al cabo, de pronto tengo todo este tiempo libre, y tengo que hacer algo para llenarlo.
**************
Dr. David Fialkoff presenta Lokkal, internet público, construyendo comunidad, fortaleciendo la economía local. Si puede, por favor, contribuya con contenido, o con su dinero ganado con esfuerzo, para apoyar a Lokkal, la Voz de SMA. Use el botón naranja de donación de Paypal abajo. Gracias.
**************
*****
Por favor contribuya a Lokkal,
Colectivo en línea de SMA:
***
Descubre Lokkal: Misión
Visita la red social de SMA
Contact / Contactar
