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José Construye una Mujer
Primera parte, capítulos diez y once de la novela

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3 de mayo 2026

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por Jan Baross

CAPÍTULO DIEZ

El cielo del sábado por la noche sobre el Paseo está iluminado por una raja de luna. Papá va vestido con su traje café nuevo que parece igual al viejo. La forma en que Mamá se viste para las ocasiones especiales siempre me avergüenza un poco. Sus perlas falsas y enormes parecen luces de feria. Los grandes anillos y pulseras de turquesa, plata y oro imitación tintinean como castañuelas. Unos aretes rojo rubí enormes le cuelgan como faroles hasta los hombros.

Véronica y Amanda caminan delante de nosotros con largos vestidos blancos de vírgenes en cacería. Sus chales negros están cuidadosamente acomodados, y el cabello recogido en chongos rollizos.

Mis zapatos, uñas, mejillas y labios han sido pintados, lustrados y pulidos por Mamá. Voy almidonada, planchada y acorazada en lino blanco y tieso. Los zapatos me aprietan bajo el largo dobladillo que casi barre el suelo.

"Nunca has lucido mejor", dice Mamá.

El borde almidonado del cuello de encaje me raspa la herida en el cuello.

"Nunca me he sentido peor", digo.

Papá tenía razón. ¿Quién en este mundo me querría? Seguimos siendo la familia marginada. Nadie nos mira ni nos saluda con la mano al pasar.

De sus instrumentos abollados, la banda lanza mariachi demasiado fuerte. Su único uniforme oficial son los sombreros militares azul cielo y dorado que han pasado de generación en generación hasta que ninguno le queda bien a su dueño actual. Solo la muerte impide que los músicos toquen su llamado sabatino. El peor ofensor del sonido es Oskar el Sudoroso, de veinte años, quien reemplaza a su abuelo trompetista, el Sordo Giles, de noventa y nueve años. El Sordo Giles estaba en cuclillas viendo a su perro sordo, Conga, hacer sus necesidades cuando un carro de basura los atropelló a los dos de reversa.

Un pedo sonoro atraviesa el deslizamiento de notas agrias de "Mi Corazón". Los niños ríen y rodean a Polo, quien vende patitos de madera que hacen ruidos groseros cuando jalas el hilo de la cola. Su hijo Multo se acuerda de evitar mi mirada mientras vocea sus globos rojos, blancos y azules entre la multitud. La esposa de Multo, Estrella, cocina en su pequeño puesto, tortillas de harina fritas que se inflan crujientes con el calor y se espolvorean con azúcar glass. Se voltea para no verme y solo logra derramar azúcar en las cabezas del pequeño Poncho y su hermano, que esperan con sus monedas.

La desdentada Señora Grosera revuelve chiles picantes y carne chorreante en su pequeño comal plano, pero no me regala su sonrisa.

Mientras Papá y Mamá me conducen bajo las sombras oscuras que arrojan los árboles, la Madre María Inmaculada aletea entre su rebaño. La monja es recibida por parejas que atestan las bancas con más hijos entre ellas que dientes en la boca. Los niños bien portados se recuestan sobre las rodillas de sus padres y le sonríen a la Madre María. Los escandalosos juegan en la fuente, hundiendo barquitos de papel con palos.

Las campanas de la iglesia doblan ocho veces, vibrando a través de los huesos huecos de los mudos pájaros del campanario y espantándolos hacia el vuelo. El aleteo sobre la Plaza de Allende es la señal final para comenzar el Paseo de los Adolescentes.

Las muchachas se separan de sus familias y se reúnen bajo pequeñas lucecitas blancas enrolladas en los árboles podados en cuadro. Vírgenes gordas, flacas, altas y chaparras con pechos en botón, pechos florecidos, colgantes como fruta del pan, escondidos en blusones. Su cabello oscuro y lacio está rizado, encrespado, trenzado y recogido en chongo.

Las chicas se toman del brazo en amistades de dos o tres. Al frente, Lapiza, la hermana del Flaco Vicente, encabeza la marcha con su larga nariz de frijol. Detrás viene la hermana del Gordo, con cara de omelette. La hermana del Gran Luis, Esmeralda, entrecierra sus ojos de gata débil sobre un collar de cuentas de oro. La banda toca "Paseo Eterno". En su lento camino hacia el lecho nupcial, las chicas comienzan su ronda en sentido de las manecillas del reloj sobre los adoquines de la plaza.

Este es mi primer paseo sin Gabito. Nunca más estará entre los muchachos que se juntan en pequeñas manadas para rodear el festín de vírgenes. No se unirá a ellos con sus grandes hebillas de metal que llaman la atención hacia sus pantalones oscuros y ajustados. Las camisas blancas y crujientes les aprietan el pecho y la cintura. Cuando Gabito inhalaba, yo podía ver sus pezones a través del algodón. Él también usaba botas de tacón pesado y un cabello tan espeso de brillantina que reflejaba las luces de los árboles.

Los muchachos avanzan en sentido contrario a las chicas, payaseando de un tacón al otro para llamar la atención de su amor especial. El Gordo rebota al pasar a Porca. El Flaco Vicente hace una tímida reverencia al ver a su Alta, una chica tan alta que tiene agujas de pino en el cabello. Tomás susurra el nombre de Miquela. Sus padres están ansiosos por inyectar una buena dosis de la arrogancia de Tomás en los huesos frágiles del linaje de Miquela. Tomás se frota el muslo con el filo de la palma al pasar frente a ella.

En la fila que da vueltas, Véronica alcanza a su única amiga, una chica seria y morena de cabello quebradizo. Pero la chica le abre distancia. La dulce Amanda observa cómo se acerca César. Su amor por ella siempre se asoma en su cara suave coronada por una mata rizada de cabello castaño. Pero esta vez, César le da la espalda a la marginada Amanda. La pobre Amanda voltea y lo ve caminar con sus amigos.

"Ve a unirte con tus hermanas", dice Papá.

"Sí", digo, "el paseo se ve tan divertido".

Papá nunca responde a mi sarcasmo.

"Tortugina", dice Mamá. "Ahí está Geraldo, el chico nuevo, el sobrino de la hermana del Señor Valencia. Ve a conquistar su corazón".

Mamá señala a un muchacho con los ojos apagados de un chivo.

"Sí, Mamá", digo.

Papá me da un empujoncito alentador en la espalda. Tropiezo al meterme en la fila de los muchachos. Sus tacones sacan chispas.

En la fila interior, las chicas caminan con los ojos deliberadamente bajos. Según la tradición, las chicas miran hacia sus pies al pasar frente a los muchachos. Es un hecho inquebrantable que cuanto más trabajo le cuesta a un muchacho ganarse tu mirada, más valor le da a tus ojos. Y si valora tus ojos, imagina en qué alta estima tiene al resto de ti.

Geraldo, la bestia de ojos de chivo, rueda hacia mí en sentido contrario. Su cara me recuerda a Papá cuando está absorto pensando en el mandado. Como marido, probablemente se quejaría de los calcetines y me haría masajearle su frío jardín de verduras.

Me uno a las demás chicas en su mirada modesta hacia abajo. Pero ¿de qué sirve mirar hacia abajo si Geraldo no sabe que estoy tratando de evitar sus ojos? En tiempos desesperados hay que perdonar los actos desesperados. Me planto frente a Geraldo. La fuerza de nuestra colisión casi me derriba.

"Lo siento mucho, Señorita", dice él. "¿Está usted bien?"

Trata de rodearme, pero yo me muevo con él.

"Geraldo, ¿qué dice usted, quiere casarse conmigo?"

Geraldo mira mis ojos, mi mejor rasgo, y luego su mirada descubre mi prognatismo. Me empuja suavemente para pasar.

"Señorita, debe de estar confundiéndome con otro".

Al menos ahora sabe que existo y que mis intenciones son honorables.

Cuando Geraldo vuelve a circular hacia mí, me planto frente a él. Necesito un pequeño gesto más para detenerlo, pero yo no tengo gestos pequeños. Cuando empieza a alejarse en su ronda, arqueo la espalda para que mis pezones sobresalgan como pequeñas narices contra la tela.

"¡Geraldo! La vida conmigo no será aburrida", digo.

Levanto el dobladillo del largo vestido blanco por encima de las rodillas. Geraldo se detiene y su cara se pone roja. Sus ojos lamen mis piernas. Me animo a subir el dobladillo más alto. Lo miro como las fotos en blanco y negro del cuarto trasero del Señor Duro.

"¡Tortugina!" grita Papá.

Otros muchachos me rodean, dos y tres filas de profundidad, cuerpos duros empujando, hebillas de metal chocando contra pesados cinturones de cuero, la fricción del algodón afilado como navaja. Sus ojos se nublan. Sus pantalones florecen.

"¡Enséñanos más!" gritan.

Estoy rodeada por el olor ahumado de muchachos recalentados. El Paseo de los Adolescentes ahora está completamente inmóvil, una fila que no se había detenido en trescientos cincuenta años.

Para conquistar a Geraldo por completo, levanto mi vestido de golpe para mostrar un destello de ropa interior. Los muchachos aúllan tan fuerte que bien podría haberse dado el golpe final de un matador. Miquela y las chicas son las últimas en congregarse. Tienen los ojos muy abiertos alrededor de las llamas de sus futuros maridos. No pueden creer que la marginada Tortugina sea el centro del incendio.

"¡Tortugina!" grita Papá, más cerca esta vez.

Mi dobladillo cae rápido a los adoquines para ocultar el espectáculo de piernas. Giro lentamente en mi lugar para que Geraldo vea todos los ángulos de mis caderas bailarinas y sepa que es un hombre afortunado. Por unos preciosos momentos, cada muchacho del pueblo me desea.

"¡Tortugina!"

La voz de Papá es más fuerte que la banda. Los músicos del quiosco dejan caer lentamente los instrumentos de sus labios. La música es reemplazada por susurros fuertes. Papá se abre paso entre los cuerpos tiesos de los muchachos. Sus manos saltan de sus bolsillos. Papá me agarra del brazo y me abofetea. Apenas siento su palma, pero el sonido cortante quiebra algo frágil entre nosotros.

"Tortugina", dice Papá, "¡te has condenado a ti misma!"

Los dedos de Papá aprietan la nuca de mi cuello. Me empuja delante de él para abrirse paso entre la muralla de muchachos. En lugar de hacerse a un lado, sus cuerpos nos rodean. Papá se abre paso entre ellos arrastrándome tras de sí. Los muchachos le abren paso a él, pero los más atrevidos estrellan sus cuerpos contra mí. Geraldo logra pellizcarme en las nalgas, pero no se siente como una propuesta.

Fuera de la horda de muchachos, Mamá me agarra del brazo.

"¡Tortugina, prometiste hacerme sentir orgullosa!"

Papá me jala con un fuerte apretón en el otro brazo. Estoy estirada entre ellos como ropa en un tendedero.

"Pero Mamá, Geraldo no quería mirarme".

Papá me arranca de Mamá de un jalón.

"¡Madre María Inmaculada!" grita Papá. "¡Por favor, venga a reclamar a su acólita!"

Una sombra negra y aleteante me clava sus garras en la muñeca. Papá suelta su mano como para purificarse.

"¡Es suya!" dice.

La Madre María tiene el brillo de carcelera en los ojos.

"¡Mamá!" grito.

La Madre María gira sus tacones gruesos hacia el convento. Hiende el fresco aire nocturno con la proa de su hábito negro. A su estela, soy la pesca del día. Si tuviera un anzuelo atravesado en la boca, no podría ser más desdichada.

"¡Mamá!" grito.

"¡Ya no hay nada más que pueda hacer, Tortugina!" grita Mamá.

El paso salvaje de la Madre María me mantiene sin equilibrio. Los aldeanos surgen en oleadas de faroles naranjas. Suben las mechas, y sus sombras altas empequeñecen los edificios. Los muchachos corren desbocados por la calle con el olor chamuscado de mechas calientes y metal recalentado. Las chicas se aferran unas a otras. Hay llanto a mi alrededor mientras los aldeanos nos siguen hasta el convento. Algo en el tejido silencioso del pueblo se ha soltado.

"Tortugina", si sea la Madre María Inmaculada. "¡Has liberado al diablo en El Pulpo!"

***

CAPÍTULO ONCE

Adelante se alza un bosquecillo de álamos lejanos. Una pequeña ventana del convento brilla amarillo queroseno. El viejo establo parece el cuento de pesadilla donde las brujas se comen a los niños pequeños. Me imagino restregando tablones de piso podridos de estiércol, lavando platos agrietados en agua fría con jabón, quizás con algún que otro bocado ocasional de pulpo frito con huevos, ajo y cilantro para recordarme el hogar.

Que la vieja monja intente atarme a una cruz. La haré arrepentirse de cada momento que pasemos juntas.

De repente la Madre María se detiene en el sendero del convento y levanta la mano. Los aldeanos se detienen detrás de nosotras. El siseo de las cigarras llena el aire nocturno mientras permanecemos en silencio detrás de la vieja iglesia escuchando resoplidos extraños y el paso lento de enormes cascos que se acercan. Podría ser el Diablo, pero suena más a un caballo resfriado. Si Satanás ha venido por Tortugina, huele a tabaco de pipa.

Unos grandes ojos cafés de criatura surgen de la oscuridad y entran a la luz del farol. Parece una vaca de patas largas con cara desmanejada.

Un hombre cabalga encima de la criatura, que viene cargada de provisiones. La cara del desconocido es café dorada, y su barba es del mismo color que el abrigo café oscuro de Papá. Lo demás va vestido con camisa y pantalón blancos, sombrero de paja suave y huaraches de cuero grueso. El cuello abierto muestra el pecho ancho y velludo de un hombre que trabaja duro por sus frijoles. Jala una cuerda atada a la cabeza del animal y este se detiene frente a la Madre María Inmaculada. Sus manos son grandes y manchadas en las puntas de tabaco o del acabado de nogal de un artesano en madera. El hombre se quita el sombrero de paja en un gesto orgulloso hacia mí.

"Señorita". Su voz es tan profunda que hace vibrar los huesos de mi pecho. El hombre saca una pipa de entre su barba y sopla humo azul.

"Mi nombre es Miguel Svendik, de Las Mujeres, y esta es mi camella, Lucinda".

Para que las largas patas peludas y los cascos abiertos de la bestia tuvieran sentido, esta criatura camello debía venir de un lugar donde el agua es profunda y lodosa. Y tiene nombre. La mayoría de los perros de El Pulpo tienen nombre, pero no el ganado.

La Madre María levanta su farol hacia la cara de la camella. Los ojos de la criatura están bordeados de largas pestañas como una cualquiera en las fotos del cuarto trasero del Señor Duro. Su labio superior de hule está partido en dos. La camella resopla y cubre el farol de la Madre María con un chorro de moco amarillo. La monja lanza un pequeño grito, pero no retrocede.

Miguel Svendik me mueve las cejas espesas y oscuras. Yo le muevo las mías en respuesta. Somos dos perros callejeros haciéndose señales amistosas. Él arruga la nariz. Yo arrrugo la mía y él se ríe.

En el estruendo de su carcajada oigo el rugido de una crecida. Él es el peligro de las mareas altas. Él es la amenaza de un monzón. Él no es la suave corriente submarina de mi Gabito.

Miguel Svendik da una patada en los hombros peludos de Lucinda. La camella se baja a sus rodillas. Si hubiera sido de metal, habría habido mucho estrépito.

Una vez que la criatura se ha hincado en el suelo, los aldeanos la rodean. Miguel desmonta deslizándose. Es más chaparro una vez que sus pies tocan el suelo, no mucho más alto que Papá, quien es apenas un poco más alto que yo, y yo no llego mucho más arriba que las orejas de un burro.

La Madre María da un paso al frente para encararlo. "¿Cuál es su negocio aquí, Señor Svendik?"

"Estoy buscando esposa. Quiero a esta mujer de ojos verdes".

La Madre María Inmaculada se yergue. ¿Una propuesta de matrimonio? Estas son palabras que normalmente vienen acompañadas de meses de negociaciones con café. La cara de pícaro de este hombre que pide esposa con tanta audacia está empezando a parecerme hermosa.

La Madre María planta sus zapatos pesados en el sendero. "Sus modales son ofensivos. Su bestia es insalubre. ¡Un hombre corteja a una mujer de la manera tradicional o no corteja en absoluto! ¡Y esta chica de ojos verdes va a ser monja!"

Miguel Svendik me sonríe. "Dios quedará decepcionado hoy, Hermana. Esta mujer está hecha para la cama de un hombre".

Los aldeanos balan como chivos. "¿Dijo ca-a-a-ma?"

Antes de que la Madre María pueda volver a hablar, él la rodea y me hace una reverencia.

"¿Cómo se llama usted, mi belleza?"

Nadie me había llamado jamás "belleza". Las intenciones de este desconocido están escritas en su cara para que todos las vean. Sus dedos no me tocan, pero están temblorosos en mi dirección.

"Tortugina. Tortugina María Gómez".

Quiero dar pasos hacia atrás hasta llegar a mi casa. Este no es un muchacho con quien jugar. Este es un hombre hecho y derecho que no puedo manejar en absoluto. Apenas tengo el valor de mirarle a los ojos.

"Tortugina", dice Miguel Svendik.

Sus anchas narices parecen inhalar mi nombre y un pequeño pedazo de mí también. "Tortuguita, ¿tienes un caparazón duro para esconder un corazón blando?"

Sus ojos y su pregunta me hacen sentir desnuda.

"¿Quién es el padre de Tortugina?" le dice a la multitud.

Para mi alivio, Mamá aparece, arrastrando a Papá entre la multitud, y lo empuja hacia adelante. Papá hace un pequeño gesto de acomodarse el saco y se yergue todo lo que puede.

"Soy el Señor Héctor Gómez", dice Papá. "¿Qué quiere usted de mi hija?"

Todos en el pueblo nos rodean lentamente a Papá, a Mamá y a mí. Es la primera vez que me siento protegida por esta gente. Aunque soy una extraña en mi propio pueblo, no soy tan extraña como este hombre.

Miguel hace una reverencia y levanta su sombrero. "Soy Miguel Svendik, del pueblo de Las Mujeres".

Mira a Mamá. "¿Quién es esta hermosa mujer a su lado?"

La cara de Mamá se pone rojo brillante bajo la luz del queroseno.

"Mi esposa", dice Papá.

Papá se acerca un poco más a Mamá. Miguel habla, y suena como una orden.

"Señor y Señora Gómez, consideraría un honor casarme con su hija, Tortugina".

Estoy segura de que Papá nunca pensó que tendría la oportunidad de concertar matrimonio en mi nombre. Mamá se coloca detrás de mí, sus dedos amasando mi hombro como cuando prepara el pan. Sus oraciones han sido escuchadas. El problema de Tortugina se evapora con la llegada de un hombre sobre una bestia peluda.

"Si desea casarse con mi hija", dice Papá, "puede comenzar uniéndose a nosotros para cenar mañana por la noche".

Miguel Svendik cruza los brazos y parece tan sin ley como una tormenta.

"No tengo el lujo de la tradición, Señor Gómez. He estado demasiado tiempo lejos de casa en busca de novia. Soy un hombre con un calendario, y estas son mis condiciones. No exijo dote. Acepto a Tortugina con el vestido puesto, y quiero casarme con ella esta noche. Yo me hago cargo de todos los gastos".

La Madre María Inmaculada mira fijamente a Miguel Svendik. "¿Sin tradición?"

Los aldeanos se vuelven unos hacia otros. "¿Sin tradición?"

Pero Papá oyó las palabras del hombre en la caja registradora de su mente: "Todos los gastos son míos". Mamá desliza la mano detrás de la espalda de Papá y le pellizca. Papá pega un brinco y le tiende la mano a Miguel Svendik.

"Bienvenido a mi familia, Señor Svendik".

Los ojos de Miguel Svendik recorren mi cuerpo como si estuviéramos solos en una cama. Es la clase de alguien para quien nadie está preparado, y yo menos que nadie.

El hombre de pecho ancho cae sobre una rodilla. Es un seductor de las montañas de la luna, un escupe fuego del infierno. La camella está hincada detrás de él sobre sus rodillas cuadradas como si ella también estuviera proponiendo.

"Tortugina, debes responder por ti misma", dice Miguel Svendik. "¿Quieres ser mi novia?"

Papá, Mamá, Amanda, Véronica y los aldeanos contienen el aliento esperando mi respuesta. En este silencio, soy el centro de cientos de ojos. Vale la pena estirar el momento. La Madre María Inmaculada aprieta sus cuentas de rosario en el puño. Estoy nadando fuera de su alcance. Mamá me hace señas de que acepte. Pero yo no soy una fraude. Primero debo decirle a Miguel Svendik que ya estoy casada y embarazada. Luego, si aún me quiere, me iré.

"Señor Svendik", digo. "Antes de casarnos, debería saber que yo . . ".

Mamá pone los ojos en blanco y grita: "¡LLÉVESELA, SEÑOR!"

"¡Llévesela! ¡Llévesela! ¡Llévesela, por favor!" corean los muchachos, chicas, hijas, hijos, hermanos, hermanas, madres, padres, abuelas, abuelos, primos, tíos, parientes políticos y músicos de El Pulpo.

Miguel Svendik sonríe y espera con paciencia mi aceptación.

Grito por encima de los cánticos de mis vecinos.

"Me casaré contigo, Señor Miguel Svendik, pero hay cosas que debes saber".

Miguel Svendik asiente. "Después, tortuguita".

De un brinco se levanta de sus rodillas para alzar a Papá en un abrazo.

"¡Papá!" dice Miguel.

Lo hace girar en círculos, una y otra vez, y lo besa antes de devolverlo al polvoriento sendero. Los ojos de Papá aún están girando. "¡Hijo!" alcanza a decir.

Miguel le besa la mano a Mamá y deja la profunda huella de sus labios en su piel.

"¡Me ha hecho tan feliz, Señor!" dice ella.

Palmea el brazo musculoso de Miguel Svendik y mira a Lucinda. "Señor Svendik, ¿dónde consiguió usted esta criatura?"

"La historia de mi camella", dice él, "tiene cien años. Se la contaré a mi esposa algún día, y ella podrá contársela a usted, si así lo desea".

Las caras de los aldeanos han cambiado en los últimos momentos. Al mirar alrededor, sus ojos parecen decir: "¿Acaso hay algo de valor en Tortugina que no hayamos sabido ver todos estos años?"

Miguel Svendik ahora se siente con libertad de tomarme entre sus brazos. El suave sombrero de paja en su puño rebota contra mis nalgas. Pero el resto de él no es tan suave. Estoy abrazando una pared de ladrillos con barba de tabaco de pipa. Por encima del ancho hombro de Miguel, veo algo flotando hacia mí. Parece un error de la naturaleza. Un destello oscuro, demasiado rápido para ser una nube de tormenta, que viene directo hacia mí. Gabito deja de volar hacia mí solo cuando su cara está a centímetros de la mía.

"¿Ya olvidaste tan pronto, Tortugina", dice, "que soy tu marido?"

Nadie parece notar a Gabito flotando detrás de la espalda de Miguel. Los aldeanos zumban como avispas a nuestro alrededor, sonriéndome y gritando sus felicitaciones. Le formó una respuesta silenciosa a Gabito.

"Perdóname, Gabito, pero para darle nombre a nuestro hijo, necesito un marido que todavía respire".

Estas palabras tan sensatas no causan ningún impacto. Se limpia una lágrima plateada de su ojo malo y ladea la cabeza. Sus rizos se sacuden mientras solloza. Es mucho más sensible que un fantasma.

"Gabito", digo, "dime qué quieres que haga".

Gabito se aleja volando de mí. Se detiene sobre la camella y brinca sobre las provisiones amarradas a su lomo. El pobre animal brama y se mece sobre sus rodillas. Sus ojos orientales destellan. Lucinda se levanta del suelo con mucho estrépito. Ollas y cazuelas caen. Costales de grano se derraman por el suelo. Los aldeanos retroceden mientras el animal muerde frenéticamente su propio lomo.

Gabito vuela hacia el precipicio en una lluvia de chispas. Una palma joven se dobla a su paso. Se precipita de regreso al mar.

Miguel Svendik corre a calmar a su camella, pero Lucinda sale disparada por el oscuro y polvoriento sendero. Él corre tras ella llamándola por su nombre. Su sombrero rebota ridículamente. Ambos van en dirección al convento silencioso donde yo habría de haber pasado mi vida.

Continuará

**************

Jan Baross es una novelista galardonada, cineasta documental, fotógrafa, guionista, libretista, crítica de cine y fue profesora de realización cinematográfica en Oregon State University. "Jose Builds a Woman", su novela debut publicada por Ooligan Press hace veinte años, en 2006, recibió el primer lugar en ficción. Ursula Le Guin le dio su aprobación.

Baross vive seis meses al año en Portland, Oregon y en SMA, donde le encanta diseñar carteles para el Annual San Miguel Playwrights Winter Showcase. Libros y Audible en Amazon. Películas en YouTube.

www.janbaross.com

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