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18 de octubre 2026
por Dr. David Fialkoff, Editor
Hace dos días, el sábado por la mañana, desperté de un sueño sobre la muerte. Poco después, camino al baño, eché un vistazo a la oficina, donde vi al gato como suele estar, tendido en su silla junto a la ventana, la ventana que le sirve de entrada y salida de la casa. Pero algo no andaba bien.
Estaba mojado. (Ha llovido tanto). Su pelaje se erizaba en mechones oscurecidos, como las olas de un mar anaranjado y tormentoso. Y estaba cargado de pega-ropas verdes, algunos con tallos y hojas de pasto colgando. Cuando me acerqué, vi que el grueso chal de lana blanca sobre el que se acuesta estaba manchado de rosa, en algunos lugares, con su sangre.
Mi amiga (y antigua amante) Verónica fue la cuidadora de Wuichol durante los últimos ocho años. Ella lo adoptó cuando sus anteriores cuidadoras, sus amigas Lore y Maya, madre e hija, regresaron a Chile. Cuando la propia Verónica volvió a Chile el pasado julio, yo me mudé aquí y asumí el papel.
Al ver a la querida criatura en tal aflicción, mojada y tendida en el aire frío de la mañana. (Ha estado tan frío). A pesar de sus fuertes quejas, lo envolví en una toalla de baño, lo llevé a la sala, más cálida, y, tras echar algo sobre el sofá para protegerlo de su sangre, lo acosté allí.
Allí, con toda la delicadeza que pude, examiné y lavé sus heridas, que eran tres: un trozo de piel mordido y arrancado de su espalda; una mordida en el vientre (una herida punzante de un solo colmillo y un orificio desgarrado por la mandíbula opuesta); y, lo más ominoso, un tajo que subía por el centro de su garganta.
Debí haberlo llevado de inmediato a recibir atención médica. En cambio, estuve observando al paciente durante unas horas. Luego le mandé un mensaje a Verónica, en Chile. Ella, al ver que la cosa era grave, me pidió que llevara a Wuichol al veterinario, y me proporcionó el contacto de uno que ya habíamos usado, Servicios Veterinarios Integrales, una encantadora pareja en La Lejona.
Les escribí primero y luego lo llevé. Tras un examen preliminar, me pidieron que volviera por él en tres horas. Para entonces, el tranquilizante necesario para examinar y atender sus heridas ya habría perdido su efecto.
Cuando regresé a casa, algo en la reacción del doctor ante la herida del vientre se me quedó grabado. Le escribí al consultorio: "El doctor se veía preocupado cuando vio la herida abdominal. Si el gato no puede sobrevivir, no quiero prolongar su sufrimiento". Nueve minutos después, respondieron: "Esa herida no es grave, pero el problema es que tiene la tráquea perforada y eso puede ser un problema mayor si consideramos su capacidad de sobrevivir. Posiblemente, la mejor recomendación sería la eutanasia". Todo esto se lo transmití a una muy preocupada Verónica.
Regresé al consultorio veterinario a la hora acordada, justo cuando Wuichol despertaba del tranquilizante. Allí el doctor hizo un pronóstico mucho más esperanzador. Aconsejó que en un hospital veterinario (como el que no había disponible en su clínica), con un tubo de oxígeno por la tráquea y alimentado por vía intravenosa, la tráquea de Wuichol podría, en menos de una semana, sanar sin intervención quirúrgica. (También, indicó, había algo mal en una articulación de la pata trasera, lo cual requeriría diagnóstico por radiografía.)
Con Wuichol parcialmente rasurado y muy herido sobre la mesa entre nosotros, el doctor me pedía que considerara, sin usar estas palabras; cuán apegados estamos a nuestro gato. (Verónica lo está muchísimo.) Y cuántos miles, o decenas de miles de pesos estamos dispuestos a pagar por su posible recuperación.
Tratando de decidir, cuando no pude (por una serie de razones) comunicarme con Verónica, ni en mi teléfono ni en el de ellos, la esposa del veterinario coincidió de inmediato conmigo en que ese fracaso (no podía decidir sin la opinión de Vero) era en sí mismo una "señal". Lo intentaríamos. Llevaría a Wuichol a Pet Vet a la mañana siguiente (ellos sí tienen un hospital, pero ya habían cerrado por ese día), al menos para obtener otra opinión.
Wuichol es un luchador. Ocupa su silla junto a la ventana, soportando el aire frío de la noche (aunque el resto de la casa esté más cálida), para custodiar su territorio (el patio delantero y los niveles superiores de la casa) de la intrusión de otros gatos. Se tiende afuera, en la banqueta, un elemento fijo del vecindario, para custodiar su territorio más amplio: las casas de enfrente y de ambos lados, y sus patios y cocheras, a las que se entra fácilmente por rejas o cercas de alambre, así como el gran terreno baldío de al lado. Casi ciego, hace todo esto por el olfato.
Lo he visto ahuyentar a muchos, pero solo una vez lo he visto pelear con otro gato. Este pasado julio, de día, en medio de la calle, cuando se fijó de inmediato en el "intruso" solo por el olfato, y entabló un feroz combate. Sin embargo, Yasna (la hermana de Lore, tía de Maya y amiga de más de 40 años de Verónica), que vive arriba y duerme en la parte delantera de su departamento (mientras yo duermo en la parte trasera del mío), me dijo que con frecuencia oye peleas de gatos tarde en la noche, observando con impotencia: "¿Qué podemos hacer? No podemos encerrarlo".
El protagonista del que Borges consideraba quizá su mejor cuento, "El Sur", un bibliotecario de Buenos Aires, viaja al sur, a la estancia que heredó de su abuelo, un soldado de la frontera. Como su tren se detiene temprano en un pequeño pueblo de campo, va a esperar a un almacén, donde un grupo de jóvenes borrachos se burla de él, y uno de ellos le arroja bolitas de pan.
Un viejo gaucho en el rincón le arroja una daga desnuda. El bibliotecario, aunque seguro de que perderá, pues nunca en su vida ha manejado un cuchillo, motivado por alguna fuerza primordial, se siente obligado a exigir satisfacción. El cuento termina con los combatientes saliendo a pelear, y el protagonista avanzando hacia el tipo de muerte que desea.
Traje a Wuichol a casa desde el veterinario el sábado al atardecer, lo acosté de nuevo en el sofá y comencé una videollamada con Verónica, con mi cámara apuntando hacia el gato. A los pocos minutos, mientras hablámos de la situación, hizo movimientos como si fuera a toser algo. Unos instantes muy breves después su rostro se congeló: ojos abiertos, boca abierta, en lo que reconocí como la mueca de la muerte, lo que entonces llamé "uno rostro de muerte". Se había ido.
Como el protagonista del cuento de Borges, pero experto en el combate, fue el tipo de muerte que Wuichol habría querido, la de un guerrero... gloriosa, noble. Él, que vivió con uñas y dientes, murió de ese modo, con un cuchillo en la mano.
Mientras nuestra conversación continuaba, Verónica agregó primero a Lore y luego a Yasna (que está fuera de la ciudad) a nuestra videollamada. Y pasamos una hora y media despidiéndonos de un gato extraordinario, mientras yo mantenía la cámara sobre su hermoso cadáver. Me alegra que Vero pudiera verlo partir, y que todos tuviéramos esa oportunidad de hacer el duelo juntos. Ellas pasaron mucho, muchísimo más tiempo con él que yo. Pero fui yo quien perdió a un compañero activo.
Hace muy poco, se acostumbró a sentarse en mi regazo mientras yo tecleo en este teclado, recibiendo mi atención frecuente, aunque no constante. Hace apenas unos días, con él así acomodado, acariciado y rascado cuando yo hacía una pausa en el tecleo, reflexioné sobre la fortuna que era tener a este ser con quien expresar mi único afecto físico regular.
Se me humedecieron los ojos durante esa conversación el sábado por la noche. Pero no lloré hasta ayer, domingo por la mañana, en otra llamada telefónica con Verónica, sollozando por el teléfono: "El mundo es un desmadre".
Mi vecino Catalino, donde vivía antes, me dio la llave de su jardín, un frondoso terreno frente a mi departamento. Allí, en ese espacio verde, hacía yo mi yoga. Allí enterré a mi gato, Fellini, en una tumba poco profunda, bajo un montón de piedras. Habría cavado más hondo, pero la pala que tenía, cuadrada y sin punta, estaba hecha para recoger arena o carbón, no para cavar.
Algunos meses después, cuando Catalino murió y traté de devolverle la llave a su hijo, este, con aire horrorizado, exclamó: "¡No! Mi padre quería que usted la tuviera. Me dijo: 'Es mi amigo'". Ayer, después de secarme las lágrimas, fui a enterrar a Wuichol en ese terreno del jardín. Fue bueno tener algo que hacer, algo físicamente exigente.
Y fue físicamente exigente porque, con la misma pala, tuve el mismo problema para cavar. Esta vez, sin embargo, llevé un pico para ayudarme. Esa herramienta muy pesada está hecha para blandirse con fuerza por encima de la cabeza, no para usarse de cerca como yo la empleé. Pero aun así, hice el trabajo, y por fortuna a la sombra, pues, por primera vez en más de una semana, el sol hizo su primera aparición sostenida.
Anoche fue el comienzo (y hoy hasta la puesta del sol es la continuación) del aniversario luctuoso de mi padre, durante el cual recito el Kadish, la oración judía tradicional por los muertos. Y lo he hecho varias veces hasta ahora. Pero empecé a decir esa oración temprano, ayer por la tarde, junto a la tumba, después de enterrar a Wuichol.
Al regresar a casa, le regalé la bolsa de comida de Wuichol a una vecina, con su propio gato, que con frecuencia se detenía a admirarlo, como muchos lo hacían. Todavía no he retirado sus platos de comida (uno para croquetas y otro para leche) de su lugar en la cocina, ni tengo prisa por mover su silla de su sitio frente a la ventana de la oficina.
Mis problemas son todos, gracias a Dios, muy pequeños, y en su mayoría causados por mí o agravados por mí. Tengo amigos que quieren pasar tiempo conmigo. Pero ahora mismo, aquí, en la mañana del lunes, tengo buenas razones para sentirme solo.
Más imágenes del entierro de Wuichol
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Dr. David Fialkoff ejerció la homeopatía y la medicina natural como médico naturópata titulado durante 25 años. Ahora se dedica a sanar a la sociedad: construyendo comunidad y fortaleciendo la economía local mediante el fomento de un internet local. "Facebook y Google ganan su dinero vendiendo anuncios junto a nuestro contenido. Nosotros podemos crear nuestra propia red social y nuestro propio motor de búsqueda para nuestra propia comunidad local, y mantener las ganancias circulando aquí en San Miguel".
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