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13 de septiembre 2026
por Dr. David Fialkoff, Editor
A una hora y media al sur de San Francisco, con bosques de secuoyas y vistas panorámicas del Océano Pacífico, el campus de la Universidad de California se extiende como un país de las hadas sobre la colina, encima del ya de por sí ultraterreno pueblo de Santa Cruz. Al menos así me lo pareció a los 22 años, cuando recién egresado de mi propia universidad allá en el este, me encontré visitando ese paraíso costero, quedándome con unos amigos de la universidad que se habían establecido ahí seis meses antes de mi llegada.
En febrero de ese año, 1979, había aprovechado una tarifa barata de Greyhound a través del país y me había ido al oeste a visitar dos escuelas de medicina naturopática (en Portland y Sonoma) con la idea de continuar mi educación. Cumplidas esas visitas, cuando llegó abril me encontré en el campus de UCSC ("El Campamento de Verano del Tío Charley") dirigiendo el Séder de Pésaj para 30 estudiantes en el bohemio College Five de la universidad.
Conmemorado con alegría el Éxodo de la esclavitud a la libertad, la noche transcurrió en el dormitorio de alguien, y mis andanzas de la mañana siguiente por los senderos sombreados del ámbito académico me llevaron a la terraza de un café rústico. Ahí me senté en una mesa de picnic de madera sobre la cual ya reposaba el delgado libro de bolsillo de alguien.
Momentos después, salió una mujer mayor (Dotty tenía entonces apenas 29 años) con un café y una galleta y se sentó junto a su libro, mirándome de arriba a abajo mientras lo hacía. Dotty, quien ya entonces llevaba mucho tiempo separada de su todavía atento esposo, seguía viviendo, ahora sola, en una hermosa unidad de dos pisos de vivienda para estudiantes casados ahí en el campus. Así comenzó el romance más encantador de mi vida; solo se es joven una vez. Si el pueblo de Santa Cruz fue mi Shangrilá, y la universidad la corona sobre su cabeza, entonces Dotty era la joya de la corona.
Herb Caen observó sobre California, "No es auténtico, pero es original", y "No es real, pero está pasando de verdad". Un compañero mío en la universidad de naturopatía a la que asistiría (me decidí por la escuela de Sonoma), Michael Holmes, un hombre negro de Oakland con calle, contaba cómo, en 1969, cuando la policía respondía con dureza durante el movimiento de Libertad de Expresión de Berkeley, un amigo lo tomó del brazo y le dijo, "Vámonos, Michael. Nos vamos a Santa Cruz, donde están los verdaderos hippies".
Ese verano de 1979, después de haber vivido con Dotty durante tres meses (la vista desde sus ventanas traseras hacia el suelo del bosque de secuoyas era hacia otro reino), regresé al este a empacar y llevar algunas cosas al olvidado pueblo de Monte Río, donde asistiría a la escuela ese otoño. Ahí, en la costa de Connecticut, le mencioné a mi madre, quien ella misma fumaba, que los cigarros que fumaba Dotty, Gauloises, tabaco más puro sin todos los aditivos químicos, olían mejor que los suyos. Ante esto ella replicó, "Solo dices eso porque es tu mujercita".
Mamá pudo haber estado equivocada en ese detalle particular (los cigarros sin aditivos químicos sí huelen mejor), pero tenía razón en un sentido más amplio y filosófico; la belleza depende de quien la contempla, y nuestra propia mierda no apesta. La actitud, nuestros sentimientos, quizá no lo sean todo, pero nuestra reacción interna siempre es nuestra principal palanca en cualquier situación.
La meditación es el proceso de despejar la mente de pensamientos, dejando el estanque de la consciencia sin perturbar. Pero los electroencefalogramas (las máquinas que miden la actividad cerebral) revelan que incluso para meditadores experimentados surgen pensamientos cada diez segundos más o menos. Mucho antes de que la tecnología moderna lo confirmara, los maestros de la meditación advertían que así era y aconsejaban que el truco del éxito no era seguir esos pensamientos. Mientras se está sentado en el cojín mirando una pared en blanco, surge el pensamiento "tengo hambre". Pero hay que dejarlo pasar desatendido. No hay que empezar a preguntarse qué se va a servir de comer.
Siendo los pensamientos y los sentimientos fenómenos estrechamente relacionados, prácticamente indistinguibles entre sí, recientemente se me ocurrió que no prestarle atención a mis sentimientos también podría ser una buena estrategia para una vida más tranquila y más iluminada. Me he sentido especialmente motivado a buscar tal solución porque mis sentimientos han andado por todas partes, desfilando ante mí en un despliegue vertiginoso.
No es que no sea feliz. Estoy contento muchas horas cada día. Es que mi felicidad frecuentemente se ve arrastrada, misteriosamente o por cosas que, en retrospectiva, no importan.
Lo que más obviamente afecta mi felicidad es mi actitud hacia mi vecino que toca su música ranchera sobre amplificada. Conforme nos hemos hecho amigos él le ha bajado, pasando varios días seguidos en los que tengo que escuchar con atención para siquiera notarla. Pero luego a veces, cuando se pone bien borracho, la suelta, retumbando su estéreo hacia la tarde y la noche, aunque incluso entonces no tan fuerte, ni por tanto tiempo como antes. Lo verdaderamente extraño es que después de unos días de no escuchar su música, la extraño. En un caso clásico de demasiado o insuficiente, estoy descontento de cualquier manera.
Al llegar a vivir a San Miguel hace 15 años, rápidamente observé que enojarse porque el perro del vecino lo despierta a uno a las 3:00am no ayuda a volver a conciliar el sueño. También, relacionado con esto: cuando es el propio perro el que ladra, uno apenas se despierta. De igual manera, mi creciente amistad con mi vecino hace que su música ranchera me resulte menos ofensiva. Ahora que lo conozco, ya no se me mete tanto bajo la piel.
Sí, he tenido cierto éxito calmando mis pensamientos y sentimientos dirigidos hacia afuera. Pero cómo pienso y siento sobre mí mismo es otro asunto, más resbaladizo. Aunque cuento mis bendiciones, y tengo numerosas razones para estar muy agradecido, me encuentro cayendo en depresión, breves periodos de pesimismo y oscura insatisfacción casi todos los días.
El meditador que mira fijamente una pared en blanco logra el éxito al no interesarse en los pensamientos que surgen, al no identificarse con la mente que los piensa. Escucha al perro ladrar, el ranchero retumbar, y lo deja ir, cayendo de vuelta en la calma. Pero el estanque de mi consciencia está agitado de ondas y olas, mientras el equilibrio se me escapa. El medidor que uso, demasiado sensible para lo que está midiendo, se balancea salvajemente de un lado a otro. Mis ánimos suben y bajan, hora tras hora.
Mi nueva estrategia al respecto es una de abrazo. Y habiendo abandonado la contienda, la guerra, tengo algo de paz en la resignación. Después de años (décadas) tratando de cuadrar mi círculo emocional, admitir la derrota me ha proporcionado, paradójicamente, algo que se aproxima al éxito, un yin que complementa el yang del meditador.
Como soy incapaz de volverme desinteresado, imperturbable, indiferente ante mis sentimientos cambiantes, me he conformado con abrazar el ascenso y descenso emocional. Al no lograr la disociación de conciencia del meditador, reclamo el desequilibrio de mi mente. Puede que no sea el yo más profundo, mi núcleo espiritual, pero en un nivel muy profundo y personal el drama psíquico es mío.
Tengo la suerte de compartir esta casa con mi vecina del segundo piso. Se queda despierta más tarde que yo, y a veces tiene la luz de su cocina encendida cuando yo ya estoy en cama. Entonces, cuando apago mi lámpara de lectura, la suya, reflejándose hacia abajo desde la pared del pequeño patio trasero, ilumina tenuemente mi cama. Podría poner una cortina, pero me gusta el resplandor.
Al igual que con los cigarros de la clase trabajadora francesa que fumaba Dotty, paradójicamente, adoptar el problema, hacerlo mío, hace que deje de ser un problema. Adueñarse de la molestia ayuda mucho a que deje de molestar.
La música que estaba escuchando mientras escribía este artículo se terminó hace rato, y no puse otra selección. Luego, porque el gato arañaba para entrar por ahí, abrí la ventana que, junto con mi música, había estado bloqueando exitosamente el ranchero de mi vecino. Ahora, a las 11:00pm, con el gato tumbado en su silla frente a la ventana abierta, de repente me doy cuenta de que ha pasado al menos un cuarto de hora con el fresco de la noche y la música de mi vecino fluyendo sin oposición, mientras yo he seguido, sin perturbarme, escribiendo meditativamente. Todavía no estoy dando golpecitos con el pie al ritmo de la música de mi vecino, pero voy en esa dirección.
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