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30 de agosto 2026
por Dr. David Fialkoff, Editor
Mi primera visita a California (como adulto) la hice hace 50 años, durante el bicentenario de Estados Unidos, en 1976, cuando yo tenía apenas 19 años. Ese viaje comenzó en Nueva Inglaterra con un par de mujeres, una de las cuales era una conocida de la Universidad de Connecticut, quienes habían contratado para llevar la camioneta pickup de alguien hasta Palo Alto. Sin querer y sin saberlo (solo lo supe meses después) me interpuse en lo que pudo haber sido su romance naciente (todos dormíamos en la parte trasera de la camioneta, cerrada como camper) y me dejaron a un lado de la Interestatal 80 en Salt Lake City.
Ahí, con la ferocidad del sol de verano reflejándose en los deslumbrantes llanos blancos de sal, rápidamente conseguí un aventón con un marinero, probablemente solo dos o tres años mayor que yo, que regresaba a su base en San Diego después de un permiso en Illinois. En su auto deportivo convertible con la capota abajo, me llevó a través de Nevada (donde acampamos esa noche) y luego por la Sierra Madre, a través de San Francisco y por la Carretera Costera hasta la casa de mis amigos en San Luis Obispo.
Recuerdo cómo tomaba a toda velocidad las curvas cerradas de la Ruta 1, separados como estábamos por apenas unos metros de los acantilados verticales y el Océano Pacífico brillando muy abajo, gritando, "¡Tengo llantas radiales!" refiriéndose orgullosamente a la alta calidad de las llantas de su auto. Recuerdo gritarle de vuelta, "No me importa lo que tengas. ¡Baja la velocidad!" ambos riendo, todavía convencidos, a nuestra tierna edad, de nuestra invulnerabilidad personal.
Me quedé en San Luis diez días, luego en Berkeley (alguien en Connecticut me había dado una dirección en la calle Pardee) diez más. Después, ya bastante tarde en la tarde del 3 de julio, haciendo autostop de nuevo, me recogió otro joven, manejando una camioneta pickup Chevy de 1960 con un perro sentado a su lado. Cuando me subí y me preguntó a dónde iba, me gané su corazón ahí mismo al responder, "Solo quiero dormir en el bosque de secuoyas esta noche".
Era Andy Myers, tataranieto del hombre que fundó Myers' Flat, el condado más al norte de California. Durante las siguientes horas me deleitó con historias del bosque profundo: comunidades costeras solo alcanzables en barco, cómo se topó con la mujer que se convertiría en su novia mientras ella dormía bajo las secuoyas a millas y millas de cualquier camino, casas construidas dentro de árboles en los huecos dejados por incendios, su abuelo llevándolo a ver dónde se aparean los venados...
En algún momento del camino me contó que apenas venía de llevar un cargamento de drogas hasta San Diego, empacado en cada espacio hueco de la pickup (una Chevy de 1960 tenía muchos de esos) y su camper; que en viajes anteriores lo habían detenido dos veces, descubierto y arrestado; que ambas veces lo habían liberado después de llamar, con su única llamada telefónica desde la estación de policía, al hombre para quien manejaba; que esta vez había manejado para sí mismo.
Ya había caído la noche cuando salimos de la carretera y navegamos por una serie de caminos de terracería a través de un bosque completamente oscuro. En un punto nos detuvimos, me dejó bajar y armé un campamento muy básico bajo el resplandor de sus faros. Prometió regresar por mí al día siguiente. Me acosté y me dormí.
Desperté al día siguiente, el 200º aniversario de la fundación de la nación, en un escenario de cuento de hadas bajo árboles monstruosamente grandes, y me tragué una cápsula grande que había conseguido en San Luis, de lo que me habían dicho era mescalina orgánica, pero que después entendí era cactus de peyote molido. Al final de esa tarde, después de mi viaje psicodélico, Andy regresó con un primo suyo y me llevó a un río a distancia caminable de la carretera, donde fui a nadar, cociné la cena y pasé la noche.
No recuerdo cómo llegó a mí, pero en pleno invierno del año siguiente, en el congelado y nevado noreste rural de Connecticut, donde estudiaba la universidad, es decir, muy, muy lejos de su cálido México natal, me regalaron una bolsa de botones de peyote. Había muchos de esos botones secos, muchas dosis, llenando casi a la mitad una bolsa de lona de tamaño casi mediano de las del ejército. Recuerdo masticarlos con amigos y limpiarnos el paladar cada tanto, bajando el vil sabor resultante por la garganta con té muy fuerte de regaliz y jengibre.
Unos cinco o siete años después, cuando ya era médico en ejercicio en Connecticut, alguien que recordaba y había participado de esa bolsa de peyote me llamó y dijo, "Tengo algo que puede interesarte". Vino a verme con 20 cápsulas pequeñas de algo que identificó como mescalina orgánica, el principal alcaloide psicoactivo del peyote. Le compré las 20, y luego, en una visita posterior, otras 15 que trajo.
De nuevo, los quiénes y dóndes exactos ya se me hacen vagos, pero llamé por teléfono a la gente del peyote acerca de mi compra, explicando que el contenido de las cápsulas era completamente blanco. "¿Es polvo?" preguntaron. "No, son hojuelas", respondí. "Oooo", ronronearon con aprobación. Esas 35 cápsulas, incluso compartidas con amigos especiales, me duraron décadas, sobre todo porque casi siempre me limitaba a microdosis.
Hace quince años, cuando me mudé a San Miguel, me invitaron al desierto cerca de Real de Catorce, donde el cactus de peyote crece en abundancia. Esa visita me hizo ganar un amigo agradecido que siguió regalándome peyote molido y en polvo, un polvo beige fácil de mezclar con yogur y tragar casi sin sabor.
Dejé de fumar marihuana regularmente, mi droga preferida, hace más de dos años. Incluso cuando fumaba activamente, mi "rutina" era casi siempre solo los viernes tarde, en honor y preparación para el Sabbat judío. Durante estos últimos dos y tantos (¿o son tres y tantos?) años no he fumado mota ni siquiera una vez al mes. Y no he tomado peyote, ni siquiera en microdosis, en más de media década. Pero últimamente el cactus me ha estado viniendo a la mente.
Escuché por primera vez sobre el peyote en el primer libro de Carlos Castañeda, Las Enseñanzas de Don Juan: Una Forma Yaqui de Conocimiento, el cual era lectura asignada en una clase que tomé en la preparatoria a principios de los años 70. Esos libros dejaron una impresión profunda en mí y en otros de esa generación de buscadores, y, ya sea que los hayan leído o no, en aquellos de generaciones posteriores.
La veracidad de los relatos de Castañeda sobre sus aventuras psicodélicas con curanderos mexicanos ha sido seriamente cuestionada. Recuerdo la respuesta de Castañeda cuando lo confrontaron con la inconsistencia de sus propias declaraciones sobre dónde había estudiado el posgrado, habiendo dado dos versiones distintas y contradictorias: "Me reservo el derecho de cambiar mi historia personal".
La semana pasada, me encontré viendo un documental sobre Castañeda, compuesto de los recuerdos de quienes lo siguieron en aquel entonces (murió joven), y algunos que todavía enseñan sus ejercicios de mente/cuerpo. Aunque sus seguidores de entonces y de ahora reconocieron la dificultad de saber si los episodios que Carlos escribió realmente ocurrieron, todos insistieron en el poder transformador de esos libros y del hombre que los escribió.
No creo que estas cosas sean tan tajantes. Creo que la realidad mística, la verdadera esencia de las cosas, es tan diferente de nuestra realidad cotidiana de vigilia como nuestra realidad de vigilia es diferente de nuestros sueños.
Odio escribir sobre mi vecino de enfrente, F., porque cada vez que digo que se está portando mejor, deja de portarse mejor. Es un alcohólico inteligente y solitario que a veces toca su música demasiado fuerte. Lo ha hecho durante años, con frecuencia, pero ha comenzado a bajarle, apagarla, o de plano no tocarla desde que amenacé con mudarme: "No lo soporto. Tú vivías aquí primero, así que, mejor me voy a vivir a otro lado".
El jueves pasado por la noche, justo después de escuchar el documental de Castañeda, imbuido del poder de su Una Realidad Aparte, fui al otro lado de la calle a hablar con F., quien aunque ya estaba bastante borracho, siempre aguanta bien el alcohol. Le dije que quería darle microdosis de peyote. En su siempre afable manera, se mostró bastante interesado en la idea, preguntando en su casi perfecto inglés, "¿Tienes peyote?" Le sugerí que le ayudaría a superar su bebida y su tabaquismo, ambos los cuales él reconoce como problemas serios.
En el curso de nuestra plática, que se extendió un buen rato ("No va a ser una locura. Ni siquiera vas a saber que estás drogado... Todo simplemente se va a iluminar... ¿Sabes que soy doctor?"), insistí suavemente, estando él parado del lado de adentro de su reja y yo del lado de afuera, en que detrás de su descaro, su bullicio, y su desprecio general por la paz del vecindario (la gente ha llamado a la ciudad por su ruido muchas veces) hay problemas espirituales que la medicina del peyote ayudaría a resolver.
La tarde siguiente, viernes, cuando fui a ofrecerle una microdosis antes de que empezara a beber (salvo su cerveza del desayuno) rechazó respetuosamente. El sábado por la tarde hablamos de nuevo, pero no repetí mi oferta. Y el domingo fue lo mismo.
Lo maravilloso es que, mientras escribo esto, ya es tarde en la noche del lunes y desde nuestra plática del jueves, F. no ha vuelto a poner su música lo suficientemente fuerte como para molestarme. De hecho, salvo por el estéreo de su camioneta pickup durante media hora mientras la descargaba, no la ha encendido en absoluto. (¡Gracias a Dios!) La sola mención del peyote, y la manera en que le presenté la posibilidad, parece haber comenzado un efecto curativo.
Después de una prohibición draconiana (gracias en gran parte a Timothy Leary) que duró casi medio siglo, se ha demostrado recientemente que las sustancias psicodélicas tienen poderes curativos maravillosos para tratar la adicción, la depresión, y toda una serie de otros males psicológicos. Además, aunque técnicamente es ilegal (excepto para el uso religioso de los indígenas huicholes) el peyote está disponible en todo México como ingrediente principal en toda una serie de pociones y remedios para dolencias físicas, incluyendo, en el mercado de los martes, un ungüento para tratar la artritis.
Anoche se me ocurrió la idea de escribir esto, mi artículo semanal, sobre el peyote. Muy temprano esta mañana, cuando pude haber empezado a escribir, me llamaron para tomar algunas decisiones que había que tomar sobre la construcción que se está haciendo arriba. Muy temprano esta tarde, mientras tomaba un descanso y me daba el gusto de ver comedia de pie a través de YouTube shorts, Steven Wright, quien suelta ocurrencias de una sola línea, hizo una broma sobre el peyote, "Estaba tomando peyote cuando presenté mi examen SAT. Saqué 1800" (siendo 1600 la calificación perfecta más alta). Hay que creer en la sincronicidad.
Dos días después: Ayer fue mi cumpleaños. Fue feliz, gracias. Justo antes de desayunar tomé una microdosis de peyote (porque hace efecto mucho más rápido con el estómago vacío). Como le dije a mi vecino de enfrente, no noté gran cosa. El cambio mental fue más o menos de la magnitud de lo que se sentiría con una copa o dos de vino, pero en una dirección diferente, nada parecido al alcohol. El alcohol adormece los sentidos, pero yo me sentí más despierto, más listo. Eso, el efecto principal, duró tanto como duraría el efecto de un par de copas de vino, 90 minutos. Pero el resplandor posterior perduró, y todavía perdura.
Recuerdo haber notado por primera vez los efectos curativos del peyote con aquellos botones en esa bolsa de lona del ejército hace 50 años. Recuerdo decir que, a diferencia de otras drogas, no hay bajón después del subidón, ningúna "cruda". Los neurotransmisores del cerebro no se agotan por el brillo del efecto. De hecho uno se siente más saludable después de usar peyote. Y así me siento. Mi vuelta número 70 alrededor del sol ha ido muy bien hasta ahora.
Creo que mi larga relación con el peyote, junto con mi educación médica y mis estudios espirituales, me han dado la autoridad para recomendar esta medicina a quienes buscan sanar. Si busca renovación, física o psicoespiritual, quizá quiera explorar una muy mexicana Forma de Conocimiento.
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