
Arqueles Vela
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20 de septiembre 2026
por Philip Gambone
El 12 de abril de 1924, un grupo de jóvenes escritores y artistas mexicanos de vanguardia organizó una fiesta en el Café Europa de la Ciudad de México. En aquella velada alegre e irreverente, presentaron al público sus nuevas obras. Unos recitaron poemas, otros exhibieron sus pinturas, máscaras o fotografías. Estos jóvenes prodigios rebeldes formaban parte de un nuevo movimiento artístico llamado Estridentismo. Eran una facción bulliciosa, empeñada en escandalizar a la clase media y en izar bien alto la bandera de lo moderno. (Véase mi artículo "¡Chopin a la silla eléctrica!: los poetas estridentistas de México"", Lokkal, 19 de abril de 2026).
El Café Europa, ubicado en lo que hoy es la Avenida Álvaro Obregón, fue el epicentro del movimiento estridentista, "nuestro laboratorio intelectual y sentimental", como lo llamó uno de sus miembros. En su estudio sobre la cultura cafetera del grupo, Luis Mario Schneider escribe: "Además de conversaciones y discusiones entre tazas de café, alcohol y cigarrillos, se realizaban los fundamentales proyectos para la conducción del movimiento". Estos proyectos incluían exposiciones, la creación de una editorial y la impresión de una revista estridentista.
En la reunión de abril de 1924, anunciada como una "Tarde Estridentista", uno de los escritores del grupo, Arqueles Vela, leyó fragmentos de su novela corta titulada El Café de Nadie, un café ficticio inspirado en el Café Europa. Según cuenta la leyenda, otro estridentista había entrado un día al Europa, no encontró a nadie ni nada más que una cafetera, se sirvió una taza, se la bebió y dejó propina para la mesera a la que nunca vio. Vela (1899-1977) retomó esta idea de un lugar de anonimato, donde nadie te ve, nadie te molesta —el café de nadie— y le dio al Europa su nuevo nombre. Presentó el café, escribe María del Carmen Domínguez Gutiérrez, como "una burbuja sin tiempo a través del cual escapar perpetuo movimiento–del 'feroz desorden' de la ciudad mexicana".
La novela de Arqueles Vela se abre con clientes que entran al café desde la avenida bulliciosa y soleada de afuera, adentrándose en "el subway de los sueños". Aquí hay un lugar donde "cualquier emoción, cualquier sentimiento, se estatiza y se parapeta en su ambiente de ciudad derruida y abandonada, de ciudad asolada por prehistóricas catástrofes de parroquianos incidentales y juerguistas". El ambiente es apático, impasible, agotado —en un estado de "un perezoso desperezamiento". Es un lugar caracterizado por "telarañas de silencio, palabras y risas que no ha sacudido todavía el plumero de las nuevas charlas".
Incluso estas breves citas dan una buena idea del estilo de Vela: el surrealismo, el juego de palabras, el uso de extranjerismos, la deliciosa exageración. Hemos entrado en un mundo que se burla deliberadamente de la convención y de la narrativa convencional. Todo está un poco desequilibrado.

Café de Nadie, por Ramón Alva de la Canal, 1926
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Dos hombres, clientes habituales del café, entran y se sientan en un gabinete. Uno se ajusta el traje y se abrocha los botones, "convencido de que sin esos requisitos se le evadirán las ideas". El otro "está siempre como acabado de caer, con la vaguedad de la línea perpendicular que no ha podido todavía estabilizarse en el punto final de su trayectoria". Tiene el aire "del traje olvidado en los percheros". Los dos hombres dejan pasar las horas a la deriva. No hablan, no discuten, no se mueven. Son como cenizas de cigarrillo.
Entra una mujer. Se llama Mabelina, el único personaje con nombre propio en la novela corta, una mujer de muchas "actitudes coleccionadas como los trajes de los museos". Sus ojos vivaces y traviesos "revolotean sobre los números de los gabinetes, buscando la cifra exacta, valuadora de sus ecuaciones sentimentales". El gabinete que ella quiere está ocupado por los dos hombres. Vela derrama su prosa sensual y onírica: "Sus mejillas se ruborizan levemente, se encienden, avergonzadas de sentirse reflejadas en aquel ambiente sórdido de gritos, de humaredas, de discusiones, de flirteos que ella esperaba se acrecentaran con el desgarbo de la noche que iba adentrándose tumultuosamente en su espíritu". Ella sale deprisa, "sin tropezarse con aquella mirada que la seguía a través de su incomprensión".
Se encienden las luces de todos los gabinetes privados. Después de que los dos hombres se marchan del café, Mabelina regresa y, adoptando un aire de indiferencia, entra en el gabinete más cercano, el "más lejano a su vida". Comienza a rememorar a "él", un hombre que no había querido "inmiscuirse en ningún incidente, en ninguna labor tan complicada y tan molesta como la de hacer el amor a una mujer". Y, sin embargo, a pesar de su reticencia a hacer el amor, el hombre solía derrochar encanto, hablando "detrás de los visillos de su sentimentalismo, como en los sueños: 'Te encuentro en todas las encrucijadas sentimentales, situadas más allá de la irrealidad, todavía más lejos'". El brillo de sus "cerebraciones" hacía que Mabelina se desconcertara y se ahogara en luz, "tal si la trasladaran inusitadamente a uno de esos aparadores de artefactos eléctricos en los que todas las cosas se hinchaban de luminosidad".

Café de Nadie (primera edición)
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Recuerda cómo, en una ocasión, los dos tomaron un taxi hacia el Café y cómo el hombre había confesado ser "un individuo al que no podrás estabilizar nunca. Un individuo al que engañarás diariamente conmigo mismo por esa mutabilidad en que vivo. Cada día besas en mí a un hombre diferente". Pero ahora el hombre está ahí, en el Café, y los dos retoman su coqueto flirteo. Mabelina confiesa que, entre todos sus amantes, él es su favorito. "Los demás son muy indiscretos, muy esculcadores y sobre todo, muy impertinentes. Tú, en cambio, procuras evadirte de lo que se te dice y se te consulta, procuras aligerarlo todo, despistarlo todo, componerlo todo, aunque después lo embrolles y lo descompongas".
Le dice que él era distinto a su anterior pretendiente, Androsio, quien —"con una actitud de modisto o de aparadorista"— solía desatar y volver a atar el listón de sus zapatillas, mientras alababa el color de sus medias y comprobaba su calidad. Todo lo que Androsio quería era que los dos fueran como "esos pasajeros hipotéticos de los hoteles que regresan de cualquier ciudad en un tren que no llega nunca, esos pasajeros que no son, sino los turistas del amor".
Algunos de los estridentistas eran homosexuales, y aquí detecto que Vela se burla del comportamiento reprimido y afeminado de sus compañeros gay —más apasionados por la moda femenina que por sus cuerpos—, o quizás alude a sus propias predilecciones. "Me sorprendes, me entusiasmas, me interesas", le dice el hombre, "porque tus piernas son como tomadas de las de esas mujeres que anuncian las medias HOLEPROOF y tus senos tienen la misma luminosidad, la misma incandescencia de las lámparas que adornan las grandes salas y parecen hechos del 'ice-cream' de la voluptuosidad". Él, también, parece interesarse en ella sobre todo por sus vínculos con la moda y la sociedad elegante.

La señorita Etcétera
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Para entonces ya amanece. Los meseros hacen la limpieza, moviendo las sillas que, en su "posesión descarada", se niegan a soltarse unas a otras. Luchan por desenredarlas —y aquí Vela alcanza su humor más campy— "como las madrotas con las pupilas que se resisten a abandonar los brazos de ese hombre que no toma nada, que no mira a ninguna de las otras mujeres, que no compra, en esa casa, ni siquiera los cigarrillos y que sin embargo, se le ve todas las noches, como un misionero". Después de arreglar los gabinetes —salvo el ocupado por los dos habituales—, los meseros, "sobrevivientes de la catástrofe diaria", se retiran a los rincones, donde esperan, resolviendo el asunto de las propinas y murmurando sobre Mabelina y las mujeres en general.
Sigue una lista de nombres de los miembros del movimiento estridentista. Quizá hayan sido amantes de Mabelina; quizá ella haya sido musa de cada uno de ellos. "Con cada uno de ellos se había sentido una mujer diferente, según su psicología, sus maneras, sus gustos, sus pasiones y ahora apenas si era un 'sketch' de sí misma". Al recordar las emociones que solía disfrutar con estos parroquianos del café, "que habían asistido a la convivialidad de su vida", empieza a perder todo sentido de sí misma. De sentir tanto, se ha vuelto insensible. Anhela reconstruirse "con esas milésimas partes de mujer que dejara en todos los hombres, sin que ellos las canjearan por esa milésima parte de hombre que buscaba". Si Vela se ha mostrado campy, humorístico, surrealista y teatral en las partes anteriores de su novela corta, ahora se revela como un exquisito poeta de la psicología femenina, o al menos de la psicología de esta mujer en particular, una asidua de los cafés de la Ciudad de México de los años veinte.
Al acercarse el final de la novela corta, Mabelina espera su última aventura. "Hay que gastar, que despilfarrar la vida", se dice a sí misma, "para defraudar a la muerte. Para malversarle sus propósitos. Que nos encuentre exhaustos, muertos, inútiles, inservibles. Que no se lleve de nosotros, sino los residuos, lo que no pudimos utilizar, por inutilizable, por desechable". Cerrando su bolso —"como si quisiera olvidar en ella sus pensamientos"—, cruza el Café, mirando atrás hacia sus recuerdos. La única luz que sigue encendida en el Café proviene del gabinete privado ocupado por los dos habituales. Al verla, Mabelina vacila un instante. Luego empuja la puerta del café y camina hacia el amanecer que se dibuja en el horizonte de la ciudad.

Arqueles Vela (1899-1977)
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El Café de Nadie se considera la primera "antinovela" de México, una obra que se apartó de las tradicionales novelas realistas-sociales de la época y presentó la realidad de una manera nueva —podría decirse "cubista". Numerosos estudiosos han opinado sobre el significado de la intrigante novela corta de Vela. En su libro sobre las novelas revolucionarias latinoamericanas de la década de 1920, Elizabeth Coonrod Martínez escribe que Vela señalaba que había llegado el momento de que el movimiento estridentista entrara en una nueva era. "Vela quería demostrar que el conocimiento artístico necesita avanzar hacia el sol o hacia un nuevo centro de inspiración. Para llegar allí, sin embargo, hay que dejarlo todo atrás y asumir un gran riesgo… El artista no mira hacia atrás, pero tal vez vacila un instante (como lo hace Mabelina ante la puerta antes de salir), moviéndose, cambiando, evolucionando, como la vida y la sociedad".
Stephan González sostiene que el café de Vela se presenta como el lugar donde acecha el peligro de la endemonización. Desenmascara, escribe, "el mito de una civilización basada en la electricidad, el foxtrot, el automóvil, el charlestón, el telégrafo, la velocidad de los letreros iluminados, la nueva libertad sexual y las relaciones casuales y pasajeras".
Para mí, la novela corta de Vela también puede disfrutarse simplemente por su pura extravagancia verbal, su humor campy y su retrato de un lugar de reunión vanguardista durante los "locos años veinte" de México. La versión en español se encuentra fácilmente en línea. Una buena traducción al inglés, de Julianna Neuhouser, está disponible en un volumen junto con otras dos ficciones modernistas breves de Vela, bajo el título Señorita Etcétera.

Señorita Etcetera
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Philip Gambone, profesor jubilado de inglés en preparatoria, también enseñó redacción creativa y expositiva en Harvard durante veintiocho años. Durante más de una década, sus reseñas de libros aparecieron regularmente en The New York Times. Phil es autor de siete libros. Su memoria, As Far As I Can Tell: Finding My Father in World War II, fue nombrada uno de los Mejores Libros de 2020 por el Boston Globe. Su nueva colección de cuentos, Zigzag, fue publicada el año pasado por Rattling Good Yarns Press. Sus libros están disponibles en Amazon, Aurora Bookstore, y en la librería de la Biblioteca.
Los más de 100 artículos sobre escritores en México que Phil ha publicado en Lokkal están ahora disponibles en su sitio web:
www.philipgambone.com
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