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30 de noviembre 2025
por Marni Hills
El olor a pan tostado flota por mi calle tranquila cada tarde, al atardecer. Cuando salgo con mi perra Lily a nuestro paseo vespertino, pasamos por varias obras en construcción, cada una vigilada por la noche por un velador, o vigilante nocturno, que vive en la propiedad hasta que la casa está terminada. Uno de estos hombres parece preparar tostadas con frecuencia para acompañar su cena.
Lo reconozco, estoy un poco obsesionada con cómo debe ser la vida para estos vigilantes solitarios, que protegen la nueva construcción del vandalismo o del robo de materiales. Pienso en ellos todo el tiempo, porque los veo varias veces al día. Tengo tantas preguntas:
¿Tienes familia? ¿Qué piensan de que vivas aquí?
¿Necesitas tener ciertas cualificaciones? ¿Quién te contrata? ¿Cómo está la paga?
¿Dónde te bañas y vas al baño?
¿Mejora cuando la casa está más terminada?, es decir, ¿es agradable quedarse en la casa casi acabada, con luces empotradas de diseño, ventanas de doble cristal insonorizadas y preciosas puertas artesanales?
¿Qué tipo de persona se convierte en velador?
Decidí averiguarlo.
Cuando me mudé por primera vez a mi pequeño departamento en la colonia Balcones (cerca del Charco del Ingenio) a comienzos de 2022, no había construcción. Todavía en la resaca de la post-Covid, era tan tranquilo y pacífico. Pero poco a poco, la construcción ahora está en auge en este barrio en lo alto de la colina de San Miguel de Allende, México. Entre las sierras circulares cortando azulejo y las enormes excavadoras arrancando rocas y nivelando la tierra en lotes planos, el ruido que resuena por el barrio desde estas obras es angustiante día tras día, extendiéndose en meses y años de un asalto diario al oído. Pero en vez de quejarme de ello, pensé: mejor dejo de pensar tanto en mí misma e investigo "un día en la vida" de un velador.
Primero, un poco de historia.

Foto - Alamy
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Guardianes de la noche: una breve historia
"Velador" deriva de "velar", que significa "hacer vigilia" o "velar por". En español, la palabra se refiere tanto al vigilante nocturno como al buró junto a la cama, el mueble que antaño sostenía una vela durante la noche. "Veladora" es la vela votiva que se usa para mantener la vigilia. Esta etimología compartida conecta a la persona, el mueble y la llama: todas son herramientas para permanecer despierto en la oscuridad. Pero antes del velador moderno que cuida obras en construcción, México (y otros territorios coloniales españoles) tenía al Sereno.
Hay una frase coloquial en México, usada por las generaciones mayores: "Sabe será el sereno"; se utiliza para expresar que algo debe hacerse o aceptarse, sin importar las razones o los argumentos en contra, de manera similar a decir "sea como sea" o "por la razón que sea". Implica que, aunque las razones exactas no sean importantes o ni siquiera estén claras, cierto resultado o acción es inevitable por el momento.
"Sereno" proviene del latín "serenus" (despejado, tranquilo), llamado así por los vigilantes nocturnos que anunciaban las condiciones climáticas mientras patrullaban, casi siempre gritando "¡sereno!" para anunciar una noche clara y apacible. El sereno (tambien llamado guardafaroles o "guardianes de faroles") patrulló las oscuras calles de México desde los años 1700 hasta tan recientemente como la década de 1970, con una linterna, un silbato y una pica. Era mucho más que un guardia: era de la familia. Cada noche encendía las lámparas de gas una por una, cantaba la hora e informaba del estado ("¡medianoche y todo sereno!"), guardaba las llaves de todas las puertas, despertaba a los pescadores que dejaban cuerdas anudadas con códigos de tiempo (tres nudos significaban las 3 de la mañana) colgando en sus puertas, daba la alarma de incendios, detenía peleas y ayudaba a los vecinos a cargar bultos pesados. Vivía de las propinas y de la gratitud, sin recibir un salario fijo, y sin embargo, noche tras noche protegía con orgullo a todo su barrio hasta la primera luz del amanecer.
Los serenos eran miembros muy visibles y valorados de sus comunidades. Con el tiempo, el sereno dio paso al velador, un papel más limitado, que vigila obras y negocios individuales en lugar de comunidades enteras. El velador moderno heredó la solitaria vigilia nocturna… pero no el lugar del sereno en el corazón de la comunidad. En mi colonia, son figuras en las sombras, moviéndose en silencio dentro de frías paredes de ladrillo y pisos de cemento desnudo: sin nombre, sin rostro, sobresaltando a quienes miran con curiosidad por pasillos, cuartos y puertas que se van formando poco a poco. No se espera que nadie habite esas cáscaras misteriosas y oscuras que eventualmente serán casas de lujo de primer nivel.

Monumento a los serenos en la zona Rosa de la Ciudad de México
Foto - Arnaud Exbalin
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Conociendo a los veladores
Una tarde reciente, pedí ayuda a mi amigo Pablo, un todólogo local que vive en la propiedad de uno de mis vecinos acomodados, ya que es bilingüe y lo he visto charlando de vez en cuando con los veladores. Pensé que podría ayudar a allanar el camino para mis entrevistas. Yo puedo saludar, conversar y hacer todas las preguntas en español, pero si hay una respuesta muy larga, puedo perder parte del sentido y de los valiosos matices. Con la ayuda de Pablo, pude hablar con varios veladores locales: Rubén, Rogelio y Juan. Sus actitudes variaban, desde una tranquila satisfacción hasta un feroz orgullo, pero todos compartían algo: hacen este trabajo por simple necesidad.
Un difícil doble papel
Para una situación de vivienda/trabajo muy dura, estos hombres casi no tienen comodidades físicas. Son contratados por el arquitecto, que a menudo es extremadamente estricto y poco propenso a proporcionar comodidades básicas. Generalmente no tienen acceso a agua limpia, electricidad, camas ni baños, al menos hasta que la construcción está más avanzada. Tienen suerte si les ponen una caseta sanitaria.
El horario varía según el acuerdo. Juan y Rubén trabajan en las obras como peones o maestros albañiles durante el día y luego se quedan como veladores por la noche, un extenuante horario de 24 horas que puede prolongarse durante meses. Rogelio hace ese mismo turno de 24 horas, pero puede alternar semanas con otro velador, lo que le da algo de respiro. Algunos veladores viven en la obra un año o dieciocho meses seguidos; otros tienen un solo día libre a la semana. Todo depende del trato que hayan hecho y del avance de la construcción; a medida que se levantan muros y portones y el terreno y los materiales están más seguros, puede que les permitan descansar de vez en cuando.
Otro tipo de soledad
Rubén, el más joven de los tres, con 27 años, me dijo que este ya es su tercer trabajo como velador y, a diferencia de los otros, parece estar genuinamente en paz con ello. Cuando le pregunté qué es lo que más le gusta de este trabajo, su respuesta fue simple: "Pues está solo"; estar solo. Explicó: "Aquí está bien, tranquilo, muy tranquilo". Para Rubén, el aislamiento no es una carga, sino una ventaja. Su familia se siente bien con su trabajo, a diferencia de la familia de Rogelio, a la que no le gusta nada. Tal vez se deba a que Rubén tiene condiciones un poco mejores: puede ir a casa desde la obra para ducharse en su hora de comida, y su trabajo le permite tener con él a su perra guardián, Ñoña. Su obra también era la única con una arquitecta como jefa. Rubén dice que hace sus rondines nocturnos, vigila la propiedad y encuentra satisfacción en la tranquilidad. Cuando le pregunté qué sonidos escucha de noche, se lo pensó un momento: "Pues unos mapaches, zorrillos, tal vez zorros"; lo dijo con naturalidad, sin que le inquietara la fauna que se mueve en la oscuridad a su alrededor.

Velador Rubén y su perra Ñoña
Foto: Marni Hills
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El privilegio de la compañía
Rogelio, de poco más de treinta, ha sido velador en cinco obras distintas. Sus experiencias han ido de lo brutal a lo soportable. En este trabajo actual, rota una semana sí y una semana no con otro velador, lo que le da cierto alivio. Y también tiene la buena fortuna de poder vivir allí con su dulce perrito joven, Hongo ("honguito"). Me explicó con la mirada suave puesta en Hongo: "Aquí tengo el privilegio de tener compañía. En muchos trabajos, no".

Velador Rogelio y su perro Hongo
Foto: Marni Hills
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Cuando le pregunté cómo es antes de que el terreno tenga electricidad y agua, su respuesta dibujó una escena desoladora: "Imagínese en una época como esta (de frío) y llega y no hay nada... Está la zanja de cimentación, solo hay material de construcción para dormir encima. No tiene uno nada, y una vez me tuve que dormir allí, en la zanja".
Cuando le pregunté a Rogelio qué cualidades hacen a un buen velador, su respuesta fue sencilla: "Un hombre que no duerme. Estar alerta y activo. Reaccionar rápido. Eso es todo". No se requieren calificación especial, solo la capacidad de mantenerse despierto, atento y responder cuando haga falta.
Su familia no está de acuerdo con su trabajo. Pero él lo hace de todas formas. "Por necesidad".
"No cambiaría nada"
De los hombres con los que habé hablé, la historia de Juan fue la que más me marcó. Con casi 60 años, ha estado trabajando como maestro de obra durante el día y como velador por la noche, sin descanso en esas 24 horas, desde hace ocho meses, y le quedan por lo menos dos más. Cuando confirmé con él: "¿24 horas al día?", su respuesta fue una sola palabra: "Difícil". Difícil. Sin días libres. Ni fines de semana ni días festivos. "Todas las noches, todos los sábados, todos los domingos, hasta entregar la casa terminada, sin días de descanso". Su familia no está muy contenta con su ausencia, pero lo visitan en la obra una vez a la semana.

Velador don Juan
Foto: Marni Hills
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Se baña con una cubeta de agua calentada con uno de esos calentadores para bebederos de animales y cocina al fuego abierto con lo que pueda quemar de la obra. "¿Cómo preparas tus comidas?", le pregunté. "Al fuego directo: carnes, frijoles, de todo. Mexicano, mexicano. Y a lo mejor eso le ofende. Pero para mí, es lo mejor". No hay disculpa en su voz, solo certeza.
A medida que la casa se acerca a su terminación, las condiciones mejoran un poco. "Ya tengo recámaras, buenas recámaras", me dijo. "Bonitas, con vista. Ya no entra tanto el frío. Hay ventanas, puertas y electricidad". Todavía no es un hogar, pero ya no es dormir en zanjas de cimentación.
Cuando le pregunté: "Si pudieras cambiar algo de este trabajo, ¿qué sería?", su respuesta fue firme. "No cambiaría nada en mi vida. ¿Por qué? Porque soy un profesional". A pesar de dormir durante meses en obras en construcción, a pesar de las cubetas para bañarse y del aislamiento, afirmó: "Me siento orgulloso".
Juan puede que no tenga una "educación formal", pero conoce el oficio de principio a fin y ha usado sus ingresos para sostener la educación y capacitación de su familia, enviando a sus hijos a la universidad y hablando con orgullo de su éxito. Tiene muchos hijos, ya adultos, y entre ellos hay una enfermera, un abogado y un contador. Su esposa es chef profesional.
Le pregunté si se sentía cómodo con que usara su nombre real y su foto en este artículo (como le pregunté a cada uno de mis entrevistados), o si prefería permanecer en el anonimato. Su respuesta fue inmediata y contundente: "No me da vergüenza mi nombre en ninguna parte".
No están solos
No todos los veladores viven en completo aislamiento. Una tarde de domingo, al pasar frente a una obra, escuché la risa de un niño dentro y me detuve en seco. Me acerqué a la reja y miré hacia adentro. Como exigían sus funciones, el velador apareció desde lo más hondo de la casa, preguntándose qué estaba haciendo yo allí.
Mantuvimos una breve conversación sobre mi artículo y sobre si le importaría contarme un poco de su situación laboral. Osmondo, de unos treinta y pocos años, tiene un día libre a la semana. Esa noche su hijo pequeño lo estaba visitando, ya que el siguiente día era feriado escolar. El niño vivía la obra como una gran aventura, explorando los cuartos sin terminar mientras su padre trabajaba. Tal vez el talante más ligero de Osmondo venga de momentos como este: su hijo riendo en el umbral, aprovechando lo mejor posible el tiempo que tienen juntos.

Velador Osmondo y su hijo
Foto: Marni Hills
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La realidad económica
Todos estos hombres me dieron la misma respuesta cuando les pregunté por qué hacen este trabajo: "Por necesidad". Por necesidad. Por el dinero "extra" además de trabajar todo el día en la obra. Cuando la familia de Rubén supo que volvería a ser velador, se alegraron por el ingreso adicional. Pero esto no es una elección de carrera. Es supervivencia económica en un país donde, como dijo Juan, "Estamos en México... necesitamos una cosa, y otra, y otra más".

Los duramente sencillos cuartos de un velador en una obra
Foto: Marni Hills
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Una perspectiva cambiada
Ahora, cuando paso por las obras al anochecer con Lily, el olor a tostadas ya no es una curiosidad, sino alguien que conozco cenando. Cuando miro hacia esos cuartos oscuros sin terminar, ya no veo sombras misteriosas; veo el hogar temporal de Rogelio y Hongo, el dormitorio con vista de Juan y el refugio tranquilo de Rubén. Ahora tienen nombre. Tienen rostro. Detrás de las paredes de lámina de sus cuartos hay personas con orgullo, familia y dignidad. Alguien que decidió dejar que yo lo viera. Tienen historias que hacen que mis propias quejas sobre el ruido de la construcción parezcan pequeñas y triviales.
Siempre saludaba a estos hombres al pasar, pero ahora, alzo la mano y siento un parentesco amistoso, saludándolos por su nombre. Estoy agradecida, no solo por la entrevista, sino por el cambio en mi propia perspectiva.
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Marni Hills es Practicante de Hipnosis de Regresión QHHT, escritora, fotógrafa y amante de todo lo raro e inusual. Es una teórica de los antiguos astronautas, hogar temporal de perros, DJ, y está obsesionada con los viajes, la moda, el Canal Gaia, las grabaciones nunca antes vistas y los desastres de alpinismo. Hizo de San Miguel su hogar a principios de 2022.
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